Heimat, la otra tierra

El lugar y el tiempo en el que nacemos condicionan inexorablemente nuestra existencia. En la Alemania de hace 170 años, época en la que ya se había iniciado el desarrollo industrial y se estaban produciendo cambios drásticos en la sociedad, la población de los pueblos, que había aumentado mucho en los últimos años, seguía viviendo de la tierra. Los hombres y mujeres trabajaban en ella sin descanso, pero la tierra no les abastecía. Dominaba la pobreza y el hambre.

Eran pobres, pero no analfabetos. La educación ya era obligatoria, y muchos jóvenes, conocedores de otros lugares prósperos, soñaban con emigrar a América. Muchos lo hicieron, sabiendo que nunca volverían a casa.

Podría decirse que Edgar Reitz ha consagrado su vida a un proyecto único: contar la historia reciente de Alemania a través de las vivencias de una familia ficticia, los Simon, en un pueblo imaginario, Schabbach. Dedicó tres décadas al rodaje de una serie de televisión nada convencional, por su gran calidad e innegable lenguaje cinematográfico. Laureada en Alemania y muy apreciada por grandes del cine, lamentablemente no fue muy popular internacionalmente. La serie Heimat, de tres temporadas y 30 capítulos, se desarrollaba entre los años 1919 y 2000, y reflejaba cómo los importantes acontecimientos que se produjeron en Alemania en ese periodo de tiempo guiaron las vidas de los miembros de la familia Simon. Completando la serie, Reitz nos ofrece ahora una película homónima que es una precuela de la serie, pues nos cuenta la historia de los Simon antepasados entre los años 1842 y 1844, en el mismo pueblo, y en plena ola de las migraciones europeas.

Jakob Simon es un joven que devora los libros. Siempre que puede, elude ayudar a su padre en la herrería o trabajar en el campo, pues desea dedicar todo el tiempo posible a la lectura, incluso robando horas al sueño. Es su forma de evadirse, como lo es también buscar la soledad en la naturaleza. Una naturaleza bella, salvaje y verdadera, sin intervención humana. Jakob sueña con iniciar una nueva vida en Brasil, estudia las lenguas de esas tierras lejanas y prepara con calma su marcha. Mientras, su abuela le advierte que tenga cuidado con lo que sueña, pues algún día podría hacerse realidad. Su hermano mayor Gustav, más pragmático, vive el día a día sin pensar demasiado en el futuro, dejándose llevar al compás de los acontecimientos.

Hay muchas cosas que destacar en esta película, de cuatro horas de duración pero realmente amena (en el cine hacen una pausa de cinco minutos, pero una está tan abstraída por la belleza de las imágenes que hasta se olvida de necesidades terrenales). El mimo que Reitz profesa a sus personajes trasciende la pantalla, y la puesta en escena es excelente: el mismo pueblo, la misma casa que aparecía en la serie, están en la película pero ambientadas con gran verosimilitud ochenta años antes.

Las imágenes están construidas con artesanía. El manejo del encuadre consigue que en un momento dado te centres en las violetas de un campo o en una mirada expresiva y contenida. Domina el blanco y negro, que consigue conectar más íntimamente con el espectador que una imagen a color. Pero también hay destellos de color, materializado en pequeños objetos que el autor quiere destacar. La música, exquisita en sí misma, acompaña con esmero cada fragmento de la cinta. Los actores, que en algunos casos son debutantes, están a la altura. La actriz Marita Breuer, madre de los hermanos protagonistas, también aparecía en la serie, y hay un cameo de Werner Herzog del que no me percaté hasta leer los créditos. El guión está cuidado con esmero, abundando diálogos ingeniosos. Cada uno de los elementos está cuidado al detalle, pero como ocurre en las obras de arte, la suma de las partes es mucho más.

La vida puede ser especialmente dura para los soñadores como Jakob, la áspera realidad siempre acaba ganando la batalla, de una manera u otra, y las premonitorias palabras de la abuela terminan cobrando sentido. Pero la vida también es bella por muchas razones, entre ellas, el cine. Seguramente Jakob sería un cinéfilo empedernido en nuestra época.

Almudena Claudio