Cine a bordo del cine

Hay una película de la década del noventa que en el primero de sus episodios (consta de diferentes historias) nos quiere transmitir algo así como: somos lo que somos y no podríamos ser otra cosa; tal vez no sabemos, quizá no queremos. Lo mismo le sucede a Jafar Panahi: hace cine, quiere hacer cine, sabe hacer cine. No podría ser taxista, mucho menos un buen taxista. Sólo podría hacer de taxista si estuviera haciendo cine mientras es taxista. Pues ese es el caso: se llama Taxi Teherán, es su última película.

La necesidad de Panahi de hacer cine detrás de un rol pseudo-ficticio de taxista (aquí cabe señalar el límite difuso entre documental y ficción en este film) es ya bien sabida: el régimen iraní le tiene prohibido seguir haciendo películas. Sin embargo, esta es su tercera película realizada bajo la censura y la condena que incluye, además, la prohibición de salir del país.

Panahi no es taxista ni es actor, está haciendo otra película de resistencia en la que dispone una cámara en el salpicadero del coche y actúa de taxista (pero él es lo que es y no podría ser otra cosa) para hablar de cine y de la censura en su país. En este sentido, el film se dobla sobre sí mismo, e incluso sobre el cine de su autoría cuando opera como homenaje a sus películas anteriores. A estos efectos, los personajes-pasajeros son absolutamente funcionales: la sobrina que enumera lo que el régimen iraní permite o censura a la hora de hacer cine; la abogada que habla del caso del que se está ocupando, que no difiere demasiado de la historia de la protagonista de Offside; las mujeres mayores que cargan una pecera como la niña de El globo blanco; la sobrina de nuevo, que recuerda a la niña de El espejo. Y el vendedor de películas pirateadas, que además de vivir también del cine (y también clandestinamente), reconoce a Panahi y le pregunta si los demás pasajeros que viajaban junto a él eran actores o personas civiles, que es casi lo mismo que preguntar: ¿esto es un viaje y entonces Esto no es una película, o sí que es una película? Panahi no responde. Sonríe levemente, como sonríe casi siempre.

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Las cuestiones técnicas también se resuelven desde los viajes mismos. Si una cámara no es suficiente, porque queda limitada a la posibilidad de filmar sólo al interior del vehículo, aparecen los móviles de los personajes-pasajeros que sirven de cámara para algunos exteriores. O la cámara que lleva su sobrina, que es otra (fundamental) de las que permiten que los encuadres escapen de las limitaciones del caso. Sin embargo, algunas cosas quedarán en un fuera de campo o no pasarán: el niño que “roba” dinero no lo devuelve (eso convierte a la filmación de la sobrina, que es la que graba ese hecho, en una grabación censurable o “indistribuible”), y sobrina y tío Panahi quedan en un fuera de campo cuando van a devolverles a las señoras mayores el monedero que perdieron (escena que contribuiría a que una película fuera “distribuible”). Todo esto resignifica el primer diálogo entre dos pasajeros que discutían qué es delito y qué no, qué castigos son justos y cuáles no. En Panahi eso es hablar de cine y el taxi es cine sobre el cine, sobre su cine y sobre las circunstancias políticas que caen sobre su cine; es decir, siempre cine.

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Qué curioso, la película de la década del noventa que nos quería transmitir que somos lo que somos y no otra cosa también sucedía a bordo de un taxi y hablaba de cine: Gena Rowlands (pasajera) le proponía a Winona Ryder (taxista) ser acrtriz. Pero a la taxista no le interesaba en lo más mínimo. Ella era taxista y seguiría siendo taxista, tal vez porque era lo que sabía, quizá porque era lo que quería. Se llamaba Night on Earth; es Jim Jarmusch.

Pues eso: Taxi Teherán es cine, mucho más: un buen cine. Cine audaz, cine astuto, cine político, metacine. Cine que no podría ser otra cosa más que puro cine que resiste.

Florencia del Campo

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