Causa y verdad

La patota de 1960 se llamó también Ultraje. La patota de 2015 se llama también Paulina. La primera fue dirigida por Daniel Tinayre, la segunda (remake de la otra) por Santiago Mitre. Con la película El estudiante, Mitre ya se posicionaba como una potente voz joven del cine político argentino.

La película abre con un plano secuencia que muestra, sobre todo, discurso, y se cierra con un travelling donde ya no caben palabras, sólo movimiento, que es lucha y fuerza a pesar de todo.

Paulina (Dolores Fonzi) es una joven abogada, hija de un juez progresista, que decide ir a Posadas a dar clases, a una zona humilde, en el marco de un programa educativo en el que viene trabajando hace tiempo. Su padre (Oscar Martínez) apoya que ella participe en ese proyecto pero no entiende que tenga que ser de esa manera, poniendo el cuerpo. A su hija le corresponden cargos de otro tipo; lo de ir a dar las clases es para jovencitas en voluntariados. Sin embargo, Paulina insiste en que ella irá en carne propia a hacerlo. “Te estoy hablando de política” le dirá cuando discutan sobre esto, en ese primer plano secuencia. Y de carácter político es todo lo que sucede en este film.

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Poner el cuerpo para la causa, y el cuerpo es agredido: una violación. Sigue siendo parte de la causa. La causa es la pobreza o una situación de desigualdad sociocultural que da lugar a la agresión y a la violencia. No hay buenos y malos, hay víctimas. Y la víctima no es sólo Paulina, sino también la patota.

¿Cómo pensar un problema de violencia de género en un contexto político de estas características de desigualdad social? ¿De qué sirve la búsqueda de culpables si no hay una toma de conciencia ciudadana sobre quiénes son los responsables? ¿Cómo llegar a la verdad?

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Paulina queda embarazada; lo declara sin titubeos: si el hijo fuera de su novio, abortaría; como es fruto de una violación, que es resultado de un mundo lleno de violencia, no abortará. Viene a decirnos: no se puede abortar este problema. No se debe abortar este problema. El árbol no tapa el bosque. Por más que talemos el árbol, el bosque seguirá ahí. Lo que Paulina quiere es la verdad. Y no se rinde: el travelling final no podría mostrarlo mejor.

Dolores Fonzi se luce; regala a la cámara, que la sigue en la mayoría de las escenas, expresiones que conjugan a la perfección el carácter del personaje. Oscar Martínez vuelve a demostrar su experiencia; nos recuerda quién es y la trayectoria que ha tenido.

Con una narración que cambia el punto de vista y vuelve a contar lo mismo pero con la cámara desde otro lugar, la película permite eso: girar el foco de la cuestión. Salir del lugar obvio o del sentido común. Problematizar desde el tabú. Atreverse a estar del otro lado. Cuestionarse dónde está la violencia. Qué es la justicia. Por qué “cuando hay pobres de por medio, la justicia no busca la verdad, busca culpables”, como dirá Paulina. Y cómo permanecer en una lucha política desde la subjetividad femenina, y cómo abordar las causas y las consecuencias de las desigualdades todas. Ir a la causa de la causa, llegar a la verdad.

Florencia del Campo

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