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Es inevitable, a estas alturas, negar el hecho de que el feminismo o al menos la visualización de este en los medios de comunicación está experimentando un resurgir. Caitlin Moran, cómica británica con su libro Como ser mujer puso la primera piedra para hablar de un feminismo basado en la historia personal que deviene global, des del sentido del humor y con un guiño hacia el compañero masculino, que al fin y al cabo, es el mejor aliado. O bien en el reciente lanzamiento de la BBC con el nuevo capítulo de Sherlock, La novia abominable, donde el famoso detective se enfrenta a un misterioso colectivo ante el que deberá asumir su derrota. La de él y la del poder político en manos del sexo masculino.

En este panorama de renacimiento en los medios de comunicación, con artículos audaces, lucha contra políticas retrogradas y la  presencia cada vez más activa de la mujer en las calles, Sarah Gavron presenta su nueva película Sufragistas, un historia contada desde la realidad histórica y la ficción, para mostrarnos los hechos ocurridos durante 1912 en Londres, cuando la Unión Política y Social de la Mujer se reorganizaba para cometer nuevos actos vandálicos y su visualización en los medios para conseguir así, el voto de la mujer en Gran Bretaña.

Carey Mulligan as Maud in SUFFRAGETTE

Sarah Gavron y la guionista Abi Morgan nos cuentan la historia personal y ficticia de Maud Watts, una joven trabajadora de una lavandería, explotada e humillada, que se afilia primero con pudor y luego con pasión, a la causa sufragista. Creo que es un acierto del guion escoger un personaje no histórico en este caso y poder así jugar con el desarrollo de su convencimiento, de cuánto pierde y cuánto lucha la joven Watts antes de unirse sin reservas al grupo activista, y hacer así más complejo el posicionamiento tanto de ella como del espectador.

El único problema que plantea esta película es que a pesar de las brillantes interpretaciones de Carey Mulligan y Helena Bonham Carter (y la fugaz aparición de  Meryl Streep), de la fotografía de Eduard Grau o de la música envolvente de Alexander Desplat, no acaba de ser un film que emocione por sus imágenes. A veces la fotografía y el montaje son tan neutros que lo único que puede destacar es la historia que se nos está contando (aunque puede que este fuese realmente el propósito de Gavron). Solo en las escenas de calle, en las manifestaciones y actos violentos, las imágenes toman un carácter más oscuro, caótico y de sensación de asfixia, rompiendo con el academicismo del resto del film. Y a pesar de ello, resulta ser una película necesaria para el año en el que estamos. Sigue siendo importante hacer activismo, sea del tipo que sea, redactando manifiestos o haciendo películas. Películas que hablen de luchas que siguen hoy vigentes pero que por suerte, se acercan poco a poco, hacia un final feliz.

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Sara Lasauca.

Formalismo

Un plano secuencia continuo, deslumbrante y agotador. Victoria es la apuesta del director  Sebastian Schipper con la que plantea la historia de una chica española residente en Berlín y el transcurso de una noche, loca y angustiosa junto con sus nuevos compañeros teutones. Un grupo de cuatro jóvenes que, a pesar de su apariencia macarra seducen a Victoria para que les acompañe en la noche berlinesa, sin que ella ni ellos puedan prever lo que acabará ocurriendo.

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El largometraje dura dos horas y veinte minutos, el mismo tiempo en el que se desarrolla el plano secuencia, que persigue a los personajes de cerca, con la cámara pegada a la nuca, las manos y las bocas de cada uno de ellos. No hay muchos planos abiertos, donde el espectador pueda admirar la ciudad o reconocer alguna de sus calles. Parece que este no es el propósito. Lo que importa es el geist o espíritu de la ciudad que se transmite a través de los cuatro jóvenes, los cuales se denominan a ellos mismos como “auténticos berlineses”. Una visión generalizada en Alemania de ese Berlín marginal, donde las fiestas duran días y el trabajo escasea.

La tensión de la trama se desarrolla pues, gracias a la cámara temblorosa e incisiva en la emociones de la protagonista, acompañada por una banda sonora intermitente a base de piano que nos pone en relación a la historia personal de Victoria. Pero el experimento formal ahoga el contenido y poco a poca, la tensión devine pesadez. Un tiempo casi excesivo para la historia que se nos cuenta o por todo lo que se quiere contar, que es mucho y poco claro. Un ejercicio técnico, que otros directores contemporáneos a Schipper ya han usado, como la celebrada Birdman hace aproximadamente un año, y sin embargo, eso no desestima el valor que tiene Victoria, para alabar de nuevo las posibilidades que ofrece ésta técnica, tanto a nivel de montaje, como en la intensidad de las interpretaciones: porque Laia Costa brilla, y mucho.

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Sara Lasauca