CERRAR LOS OJOS (O NO)

Más vale ir advertidos antes de enfrentarse a la última película del director Pablo Larraín, que llega avalada por el éxito en festivales internacionales y con un cierto aura de poder convertirse en la segunda cinta chilena nominada al Óscar en la historia de los premios (la primera fue, precisamente, el anterior trabajo de Larraín): a lo largo de la hora y cuarenta minutos del metraje puede que se vean tentados, en varias ocasiones, a cerrar los ojos. Pero no es este un revulsivo para acercarse a El club. Más bien, todo lo contrario.

La película arranca frente al mar de la costa chilena, una de las pocas ocasiones en las que Larraín nos permite tomar algo de aire fresco, antes de adentrarse en la casa de campo donde se desarrolla esta historia, presentada ante la cámara con una desasosegante luz natural. En ella viven recluidos cuatro curas, custodiados por una monja, en una suerte de retiro forzoso infligido por la Iglesia, que busca así purgar los pecados de sus representantes más díscolos, esquivando el juicio público (e institucional) que merecerían lo que, tardamos poco en descubrir, no son más que una pura sucesión de delitos. La desazón se amplifica a medida que avanza la historia, con la hábil recreación de una atmosfera con tintes de documental, plagada de planos fríos y desvaídos, sin filtros que dulcifiquen lo que vemos, y con unos diálogos casi constantemente susurrados que nos trasladan a un clima de confesionario.

La llegada de un sacerdote encargado de investigar la muerte de un quinto compañero será el punto de partida para un juicio sin edulcorantes a la doble moral de unos religiosos con los el espectador no consigue, en ningún momento, crear un vínculo mínimo de empatía. Quizá esta sea la parte más dura de la película de Larraín, que obliga al público a mirar de frente (literalmente) a estos personajes en los que resulta difícil hallar un ápice de humanidad. Y tal vez esa falta, buscada, de empatía impida a algunos espectadores (entre los que me encuentro) seguir la lógica de sus actos en el clímax de la película, más allá de la evidente simbología religiosa.

No es un tema, el de los crímenes de la Iglesia, demasiado visitado en la gran pantalla y quizá la principal diferencia que encontramos en El club frente a películas como La mala educación, de Pedro Almodóvar, o La duda, de John Patrick Shanley, es que en esta película no hay supervivientes. Ninguna tabla de salvación a la que aferrarse. Nada nos gusta de El club. Más bien al contrario, la letanía repetida por la víctima de los crímenes de estos "curitas", personificada en el desagradable personaje de Sandokan, amenaza, a la salida, con perseguirnos durante un tiempo. Quizá hasta el punto de llegar a preferir no haberla visto. Pero eso es, sin lugar a dudas, lo que convierte en imprescindible una cinta valiente como ésta.

Anaís Berdié.