“I am your father” (Toni Bestard y Marcos Cabotá, 2015)

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Es innegable que la trilogía inicial de “Star Wars” fue un fenómeno mundial de indudable éxito. Y no sólo por las importantes cifras de taquilla y por los cambios que introdujo en la industria del cine y del merchandaising, sino también por el hecho de entrar a formar parte de las películas más famosas de la historia del cine. Muchos de sus personajes y situaciones son ampliamente reconocidos, habiéndose convertido en un fenómeno cultural y popular.

Y entre todos esos personajes, el que quizás viene primero a nuestra mente es el malvado Darth Vader. ¿Quién no es capaz de identificar su figura? Probablemente sea el villano más famoso de la historia del cine. Decía Alfred Hitchcock: “The more successful the villain, the more successsful the picture” (“Cuanto más éxito tenga el villano, más éxito tendrá la película”).

“I am your father” es un documental que se centra en la figura de David Prowse, actor que dio vida a Darth Vader en la pantalla. Y en ese recorrido nos encontramos con algunas historias interesantes, como el rodaje de la mítica escena en que su personaje declara su paternidad a Luke Skywalker. Pero también descubrimos “el lado oscuro”: el conflicto que provoca un spoiler publicado en un periódico inglés poco antes del estreno de “El retorno del Jedi”, la sombra de intrusión que siente la mujer de David Prowse respecto a este fenómeno cinematográfico (“Darth Vader fue un intruso en nuestro matrimonio”) o la continua exclusión del actor de las convenciones oficiales de Star Wars por parte de la productora de George Lucas.

Y en ese “lado oscuro”, el documental considera una gran injusticia, y dedica gran parte de su metraje, al hecho de que se recurriese a otro actor para interpretar la única escena en que Darth Vader revela su rostro en la pantalla. Es cierto que para David Prowse, como lo sería para cualquier actor, supone una decepción, pero no debemos olvidar que el séptimo arte también es un negocio. Como reconoce uno de los productores de “Star Wars”, el actor británico fue elegido por su imponente presencia física (medía 2 metros de altura y era campeón de halterofilia) pero ni siquiera era su voz la que aparecía en pantalla. El excesivo peso que se da a este hecho, y la redención que plantean sus directores en este documental, puede suponer un lastre para parte del público, incluso para algunos fieles seguidores de la saga.

Juan G. Prado

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Mis películas del 2015

Películas internacionales (por orden alfabético)

  • 45 años (Andrew Haigh, Reino Unido)
  • Electric Boogaloo: la loca historia de Cannon Films (Mark Hartley, Australia)
  • Fuerza mayor (Ruben Östlund, Suecia)
  • Inside out (Pete Docter y Ronnie Del Carmen, EE.UU.)
  • La profesora de parvulario (Nadav Lapid, Israel)
  • Mandarinas (Zaza Urushadze, Estonia)
  • Nightcrawler (Dan Gilroy, EE.UU.)
  • Operación U.N.C.L.E. (Guy Ritchie, EE.UU.)
  • Taxi Teherán (Jafar Panahi, Irán)
  • Whiplash (Damien Chazelle, EE.UU.)
Películas españolas (por orden alfabético)
  • El mundo sigue (Fernando Fernán Gómez)
  • El virus del miedo (Ventura Pons)
  • Truman (Cesc Gay)

 

 

“El puente de los espías” (Steven Spielberg, 2015)

 

Cartel - El-puente-de-los-espias

“That men do not learn very much from the lessons of history is the most important of all the lessons that history has to teach” decía el escritor ingles Aldous Huxley. Me parece que toda la fuerza de esta frase no queda recogida en su habitual traducción al castellano: “Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia”. Creo que en la frase original queda más patente el factor humano y la dificultad para ser capaces de aprender de nuestra historia.

Parece que Steven Spielberg es consciente de esta necesidad de revisar nuestra historia y vuelve a poner su lupa sobre un momento histórico relevante: en su última película nos lleva a la etapa de la “Guerra fría” y nos relata una historia basada en hechos reales. Pero, a pesar de que el título nos pueda confundir, realmente no estamos ante una película de espionaje sino ante una historia sobre un hombre integro dispuesto a luchar por sus principios, en la línea de películas como “Han matado a un hombre blanco” (Clarence Brown, 1949) o “Matar a un ruiseñor” (Robert Mulligan, 1962).

En la primera parte de la película, que transcurre en Estados Unidos a finales de los años 50, el personaje interpretado por Tom Hanks, abogado de profesión, toma la difícil decisión de defender a un espía ruso y lo hace con todas sus consecuencias: aunque no tiene la seguridad de su inocencia, luchará por su defensa mucho más de lo deseado por su bufete de abogados, su familia y la opinión pública de su país. La fidelidad a sus principios le llevará a arriesgar su propia vida y la de su familia. Spielberg nos muestra la humanidad y tenacidad de ese abogado y nos plantea un tema actual: la legitimidad de otorgar la igualdad de derechos a los extranjeros (lo que nos trae a la memoria Guantánamo).

Durante la segunda parte, que transcurre en Berlín durante la construcción del muro (1961), vemos como ese abogado es capaz de mantener sus principios por encima de la opinión de las autoridades de su país y de los países con los que está negociando. Spielberg nos muestra que aquello que a priori puede parecer imposible puede alcanzarse gracias a una buena negociación (me viene a la mente el conflicto entre árabes y judíos).

La película, que respira clasicismo gracias a una magnífica ambientación, una cuidada fotografía y un acertado montaje, tiene un ritmo tranquilo, pausado y sin alarde de efectos especiales (salvo la escena del avión derribado). La narración es fluida y el guión (con aportación de los hermanos Cohen) cuenta con una fina ironía que favorece a la trama. Por último, en el apartado interpretativo debemos destacar la labor de Tom Hanks (en su cuarta película con el director) pero, sobre todo, la magnética interpretación de Mark Rylance, que se come la pantalla desde el minuto uno.

Juan G. Prado

El virus del miedo (Ventura Pons, 2015)

Cartel - El virus del miedo

El cine ha tratado en muchas ocasiones, como en la reciente “La caza” (Thomas Vinterberg, 2012) o la mítica “La calumnia” (William Wyler, 1961), la sombra de duda y rechazo que se puede cernir sobre un adulto por las palabras vertidas por un niño. Estas películas nos muestran cómo una acusación (¿justificada? ¿falsa?) realizada por un niño hacia su profesor puede, en poco tiempo, destruir la reputación y la vida de esa persona.

No quiero realizar ningún comentario sobre la veracidad de los hechos ni su gravedad pues no quiero destripar ninguna de estas tres películas. Pero sí me parece interesante señalar que “El virus del miedo” aporta un aspecto significativo y novedoso en relación a los hechos juzgados: tienen lugar en un sitio público, no se producen a escondidas.

Estamos ante una película valiente que transmite de forma gradual la información así como los puntos de vista de sus protagonistas. Con una unidad de lugar (una piscina pública) muestra al espectador diferentes momentos de un día y, con algunos saltos temporales hacia delante y hacia atrás, nos va desvelando aspectos relevantes para entender las preocupaciones, los motivos y las dudas de sus personajes.

La película es muy fiel a la obra teatral en la que se basa, “El principio de Arquímedes” de Josep María Miró i Coromina (Premi Born de Teatre 2011), y, además, toma a los mismos actores que la han representado con éxito, durante años, por España. El guión nos ofrece una crítica meticulosa de la sociedad actual y los actores engrandecen todavía más ese magnífico texto con un acertado uso de los gestos y las miradas.

Ventura Pons no comete el error de “airear” innecesariamente la obra teatral sino que simplemente añade breves imágenes exteriores. Me parecen un acierto esos planos exteriores que nos muestran el edificio junto con un reloj digital que va marcando la hora, como si de un evento deportivo se tratase (¿un combate de boxeo entre dos visiones opuestas de un mismo hecho?).

La película es capaz de trasladar al patio de butacas las dudas y el desasosiego que viven los personajes en la pantalla y, además, nos hace reflexionar sobre qué sociedad estamos construyendo y qué sociedad queremos.

Juan G. Prado