Algunos comentarios personales sobre Fantasia

Es posible que uno de los momentos más emocionantes para un espectador que asiste a un espectáculo artístico sea el empleado por una orquesta sinfónica antes de empezar un concierto, el momento del calentamiento. Los músicos van apareciendo en el escenario, toman sus instrumentos y comienzan a tocarlos. El desordenado y caótico bailoteo de sonidos de cuerdas, vientos y percusiones atrapa la atención del espectador, encamina su percepción, y abre nuevas puertas hacia sensaciones diferentes. El director aparece y se produce el silencio, todos le miran. Hay un saludo al público, palmas, más silencio, un gesto y comienza el concierto. Es un ritual conocido y repetido, pero nunca es idéntico al anterior o al que se produce en otra parte del mundo, porque depende de la experiencia personal de cada espectador. Es uno de los grandes momentos en cualquier arte.

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Fantasia comienza como cualquier concierto, con el calentamiento, y el poder hipnótico que produce es el mismo que si estuviéramos en el auditorio. Empleando un escenario donde sólo se distinguen los perfiles de músicos reales, no animados, el efecto es similar al que conseguía Lotte Reiniger y sus siluetas maravillosas. A partir de ahí comienza una película experimental y arriesgada, una interpretación sobre lo que significa la música de la mano de un grupo maravillosos de dibujantes, escritores, músicos, fotógrafos, técnicos, artistas y especialistas de diversas disciplinas, liderados por un visionario genial, Walt Disney. Según las propias palabras del conductor de la película, la intención es “crear una nueva forma de entretenimiento”, nada menos. Cualquier interpretación de de cualquier cosa es subjetiva, y si se trata de algo tan complejo como la música es imposible que nadie tenga la interpretación definitiva. En el caso de Fantasia seguro que tampoco lo es, pero ni mucho menos se trata de una interpretación más, ya que sin duda es esencial y referencial.

Hay que poner en contexto la película para apreciar aún más su valor. La producción se realizó durante los últimos años de la década de los 30 del siglo XX, y fue estrenada en 1940. La música popular se escapaba de las serias y elitistas salas de conciertos para entrar en las casas a través de la radio, incorporando nuevas formas, géneros y estilos, impulsando así a la industria musical hacia sus años de gloria. En esta situación, probablemente, Fantasia supuso un doble punto de inflexión: por un lado se trata uno de los grandes homenajes a la música clásica en toda su historia, pero al mismo tiempo supuso el canto del cisne de esta música “culta” como referencia principal en la cultura popular, barrida por el jazz, el blues, las big bands, los crooners, y los incipientes rock y pop. Ya lo avisan siempre los supersticiosos, no quieren homenajes en vida, por si acaso…

La primera pieza es un homenaje a la orquesta sinfónica y a sus músicos, con el acompañamiento de la Tocata y Fuga de J.S. Bach. Se divide en dos partes, una que prolonga la anteriormente mencionada visión de la orquesta como un conjunto de siluetas que se duplican, multiplican y superponen, usando complicadas técnicas fotográficas y ópticas innovadoras para la época, y origen de futuros avances en la animación (recomendación: buscar información sobre el mágico libro de Herman Schultheis). La segunda parte del segmento da entrada a la animación, usando imágenes conceptuales y abstractas de tierra, agua y cielo, también de los instrumentos musicales. Tonos pasteles, ondulaciones, reflejos y brillos, inducen a una interpretación libre de la música que escuchamos, sin dirigirnos hacia ningún sitio en concreto con la idea nada oculta de hacernos ver es más importante nuestra percepción que lo que se nos muestra. Creo que se trata de un ejercicio de humildad dentro de su ambición, dejando el protagonismo a la música.

El cuento de hadas, tema recurrente en la filmografía Disney, se representa con El cascanueces de Tchaikovsky. Brillantes animaciones de las hadas voladoras nos llevan a un mundo que se va iluminando a su paso, con momentos sublimes como el de la tela de araña o el final con las estructuras geométricas de copos de nieve. Todo el corte es un repaso a elementos de la naturaleza, con suaves transiciones entre cada uno de los números. Los dibujantes Disney se apropian de setas, flores, burbujas, hojas, semillas o peces para dotarles de capacidades y movimientos rítmicos, unos pueden ser divertidos (setas chinas), y otros más sensuales (peces o hadas). El episodio enlaza perfectamente con el primero, siendo como una evolución visual a lo que inicialmente sólo eran imágenes conceptuales, son haber en ninguno de los dos casos un hilo argumental definido, la protagonista sigue siendo sobre todo la música, que es la que hace vivir a los personajes.

El aprendiz de brujo, con la música de Dukas, puede ser la pieza que narrativamente sigue una estructura más convencional, y no deja de ser también un homenaje al cine mudo. De esta historia se extrae la icónica imagen de Mickey Mouse con el sombrero de brujo y escoba rebelde en ristre. En un castillo de atmósfera expresionista con iluminación tenue y sombras alargadas, Mickey vive una aventura al intentar emular a su maestro mago, la cosa se le va de las manos como era de esperar. Quizás porque esta pieza sea la más tradicional en el sentido narrativo y visual, y aunque se trata hoy día de un clásico, produce peor encaje en un conjunto más sugerente que concreto. Como curiosidad, al final se da otro de esos momentos clásicos Disney que siempre han producido gran impacto en el público, Mickey se acerca al director de orquesta Stokowski y le saluda, uniendo personaje real con personaje de animación en una misma escena.

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La consagración de la primavera de Stravinsky nos presenta al único compositor contemporáneo a la película. La relación entre Disney y el músico parece que en un principio fue cordial, incluso de entusiasmo por la colaboración y el resultado, para enfriarse en el transcurso de años posteriores si nos atenemos a declaraciones de Stravinsky. Este segmento nos lleva de nuevo al terreno de lo evocador. El narrador avisa de que no se trata de una pieza artística sino científica, intentado de manera ambiciosa reproducir el origen de la Tierra y de la vida, desde los cuerpos celestes hasta la desaparición de los dinosaurios. Las similitudes con episodios equivalentes en El árbol de la vida de Malick, o incluso con 2001: una odisea en el espacio de Kubrick, son muy evidentes, lo que demuestra que la influencia de esta película ha alcanzado y alcanza a artistas de generaciones posteriores. El episodio es denso y poco colorido, sigue una linea oscura probablemente intencionada para conseguir el objetivo de que el espectador se centre en cómo sucedieron las cosas, más que en la forma de representarlas. Personalmente me resultó el más aburrido, quizás por la comentada reiteración de episodios similares en películas posteriores, aún así hay que darle el gran valor de ser el pionero.

El descanso es digno de mención, ya que se hace un guiño al género que estaba a punto (si no lo había conseguido ya) de ocupar el lugar privilegiado de la música clásica como género de consumo masivo. Un contrabajista se relaja y a partir de una serie de acordes en solitario, se genera una improvisada y breve jam session entre varios de los miembros de la orquesta. Lo libre y lo divertido de la acción pronostica que algo está cambiando para que todo quede igual, siempre se va a tratar de la música, sea del género que sea. El descanso se completa con un momento didáctico de gran brillantez en el que se representa el comportamiento de una banda sonora mediante una sencilla línea con personalidad propia que vibra según el rango de frecuencias a la que es expuesta. Es casi imposible pensar en otra manera de mostrar algo tan complejo de una forma tan simple, en el mejor sentido de esa palabra.

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La película continúa con otro de los episodios que podríamos considerar “convencionales”, ya que se trata de un día en los alrededores del Monte Olimpo dominado por el dios Zeus. La sinfonía Pastoral de Beethoven acompaña a la historia. Personajes mitológicos que mezclan la representación de dibujos de un perfil y estilo más bien infantil (pequeños unicornios y faunos) con otros de rasgos y comportamientos más amorosos y sensuales (unicornios adultos). El bucólico y, esta vez sí, colorido día en el paraíso termina con el juego que el dios Zeus practica con sus despreocupadas criaturas, que sólo tienen que esconderse durante un rato para continuar con sus vidas. No se trata de un dios malvado, sino aburrido y perezoso, que entre siesta y siesta provoca desaguisados sin tragedias. Es posible que este episodio deje más bien indiferente al espectador, y en algún momento se sienta un poco despistado por los ramalazos más edulcorados de la película, que no dejan también de ser sello de la casa Disney.

En La danza de las horas de Ponchielli se retoma el reto de intentar dotar de características humanas a personajes animales. Muy divertidos los hipopótamos y los cocodrilos, no sólo en los números de baile sino en los gags que los acompañan, por momentos a velocidad de comedia loca, se llevan la mejor parte. Mientras que resultan más aburridos los avestruces y los elefantes, en un resultado global por ese motivo desigual. El personaje del hipopótamo bailarín resultó tan bien conseguido que también ha entrado a formar parte de la galería de imágenes memorables de esta película, y de la historia Disney en general. No sé si el episodio consigue del todo empastar con el tema musical, parece que pretende jugar con cada especie animal representando cada una de ellas un momento horario del día, no creo que se consiga del todo.

Mis recuerdos de Fantasia se remontan a hace más de 30 años y a un cine de Jaén, el Lis Palace, cine que ya no existe, claro. La imagen del diablo en la cima del Monte Pelado con la tenebrosa composición de Mussorgsky de fondo quedó en mi subconsciente y probablemente sea la causante a mi aversión a las películas de terror y a unas cuantas cosas más, quién sabe…El final de Fantasia no deja indiferente en absoluto, e incluye algunos de los pasajes más memorables de la película, como el ascenso y descenso de los espectros desde sus tumbas al monte para la celebración de un akelarre en danza macabra entre el fuego y la noche. Dibujos de fantasmas se proyectaron en complejos sistemas de espejos manipulados y distorsionados para conseguir el efecto deslizante de las ánimas en pena. La claridad del amanecer acaba con la fiesta negra, y la noche da paso a una procesión de seres indefinidos portando teas a través de un bosque catedralicio creado de manera maravillosa por superposición de varias capas de árboles a diferentes distancias, los reflejos en el agua rematan la evocadora e inolvidable imagen. El Ave María de Schubert nos traslada de nuevo a la luz del día, cerrando el círculo eterno día-noche, luz-tinieblas.

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Hay varios momentos en Fantasia donde me pregunto a quién va dirigida esta película, es una cuestión para la que no he encontrado respuesta, lo cual no quiere decir que me genere frustración. Fantasia es un riesgo, una aventura, con sus aciertos y sus probables desaciertos, con momentos brillantes y otros que lo son menos, hay ratos divertidos y otros un poco aburridos, los temas se mezclan, los estilos también, encuentras mensajes adultos con otros más infantiles, atmósferas luminosas con otras muy oscuras. Conceptos, símbolos, ideas y experimentos. Ambiciosa, pretenciosa y original. Fantasia no ha quedado anticuada porque tiene la gran cualidad de ser atemporal, lo que hace de ella una verdadera obra de arte y así forma parte del exclusivo grupo de los auténticos clásicos. Fantasia es una fiesta.

David Camacho.

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“El que sufre tiene memoria.” Cicerón

De las varias acepciones que el diccionario de la RAE recoge para la palabra memoria, hay una que se refiere a la capacidad de recordar, y otra al conjunto de imágenes de hechos o situaciones pasados que quedan en la mente. Obviamente están relacionadas. Si no se tiene la capacidad de encontrar las imágenes nunca las recuperaremos, y si no han quedado grabadas en la mente las podemos buscar hasta el infinito que jamás daremos con ellas. En medio de todo eso está la consciencia de haber tenido las facultades de almacenar y recuperar, y saber que se están perdiendo. Ahí se encuentra la gran tragedia del hombre y su memoria.

Dos hombres judíos comparten residencia de ancianos e idean un plan para el tiempo que les queda de vida. Ambos han pasado por la experiencia de Auschwitz, y quieren atar algunos cabos sueltos antes de irse. Pero tienen un par de problemas: uno de ellos casi no se puede mover, el otro casi no puede recordar. El primero será la memoria, el segundo será los brazos y las piernas, y una carta será la conexión entre ambos. Pocos y desordenados recursos para una difícil misión.

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Remember es una película sobre una venganza, y creo que eso es lo que quedará en el espectador. Resulta un poco triste tener que decirlo así porque podría haber sido mucho más, y no creo que se haya quedado a mucha distancia de serlo porque no es una mala película. Hay otros dos temas enormes que también están presentes, como son el holocausto y la vejez, que intentan marchar en paralelo al primero, pero creo que por extenuación pierden la partida. Demasiada competencia entre asuntos tan grandes en sólo hora y media disponible. Si esa carrera se mantiene por momentos en una cierta pugna es gracias al trabajo de Christopher Plummer y de los secundarios (Landau, Norris, Ganz, etc., todos actores de esencia y presencia). Plummer matiza cada gesto entre la rabia, el miedo, la impotencia y la desorientación, pero sin perder ese aire distinguido y elegante que es sello de la casa.

A la película le falta cierto nivel de tensión en la misión y de emoción en las relaciones entre personajes, si exceptuamos alguna escena como la que sucede en casa del policía en el primer caso, o la lectura de la carta por parte de la niña en el segundo caso. Pero el total resulta desequilibrado, probablemente por esa indecisión en los temas que genera confusión en los estilos, incluso acercándose a veces peligrosamente al tono del telefilm. Personalmente, me resulta especialmente molesto que se utilicen temas tan importantes como el holocausto para tejer tramas más bien ligeras de suspense, sin llegar a profundizar a un cierto nivel. Creo que sólo por respeto siempre merece la pena hacer un esfuerzo por intentarlo.

Pensando en Atom Egoyan y puestos a recordar, ahora me viene a la cabeza aquella escena de una antigua película suya, Exotica, y de una chica vestida de colegiala bailando sobre un escenario al extraño ritmo de Everybody knows, con la voz de Leonard Cohen agarrándose (¿para siempre?) a mi memoria…

David Camacho

La boa y el jaguar

La decisión de realizar una película en blanco y negro situada en la selva amazónica no debió de ser fácil. Parece lógico pensar que se están desaprovechando las miles de posibilidades de color, luz y texturas que puede ofrecer un paraje como la jungla, que el blanco y negro puede encajar mejor en un paisaje frío, cerrado, de contraluces y claroscuros. Pero el blanco y negro sugiere mucho más de lo que se puede percibir a simple vista. En el caso de “El abrazo de la serpiente” se utiliza para integrar elementos: el hombre blanco, el indígena, el animal, el vegetal y el paisaje, sólo se diferencian entre ellos por escalas de grises. Como contrapunto y paradoja, la integración visual potencia las diferencias no visibles: la ancestral y eterna lucha física y espiritual entre todos ellos.

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Se cuenta la historia de dos exploradores en distintas épocas del siglo XX, que por misión vital y conexión con el entorno son uno sólo. Fueron algunos de los primeros que se adentraron en la selva colombiana, y a partir de sus diarios se ha construido esta historia de conocimiento, experiencia y redención. Personajes quijotescos incluso en su aspecto, que encuentran a un mismo Sancho Panza en mitad de la selva, con él emprenden un viaje de locos que comienza siendo de investigación científica para acabar siendo de descubrimiento personal. Un viaje físico, idiomático, simbólico y lisérgico. El río como aorta que transporta lentamente almas hacia no se sabe bien dónde, la tribu y la planta perdidas como Santo Grial inalcanzable, el encuentro y desencuentro con una microsociedad que evoluciona partiendo de un forzado mestizaje cultural y religioso, y que evoca tanto a  “El señor de las moscas” como a “Apocalypse now” (quizás más a la primera), todas son piezas que se van entrelazando en el espacio, en el tiempo y sobre todo, en las infinitas tonalidades de grises de una selva ya fotografiada antes con similar intensidad por Sebastiao Salgado, entre otros.

El contexto histórico no es de menor interés y tiene una importante influencia en la historia, con los explotadores del caucho como amenaza invisible pero siempre muy cercana y amenazadora. Los rastros de su paso son los del horror y su aliento en la nuca el del agobio. Los protagonistas tienen un objetivo y están embarcados en una búsqueda, pero también huyen. Unos huyen de lo que son y otros de lo que podrían llegar a ser.

Al terminar la sesión sucedió algo poco habitual, se escucharon tímidas palmas en la sala. Pero se escucharon.

David Camacho

PD: “El abrazo de la serpiente” ha sido la primera película de la historia del cine colombiano en ser nominada al Oscar en la categoría de película habla no inglesa. En el momento de finalizar este texto ya se conocen los resultados y la ganadora ha sido “El hijo de Saúl”. Disfrutemos de ambas.

Año 2015

Hola!

listas queridas, ahí va mi selección:

 

Extranjeras

Leviatán, de Andrei Zviaguintsev

Birdman, de Alejandro González Iñárritu

Red Army, de Gabe Polsky

El año más violento, de J.C. Chandor

Viaje a Sils María, de Olivier Assayas

El Club, de Pablo Larraín

Sicario, de Denis Villeneuve

45 años, de Andrew Haigh

Irrational man, de Woody Allen

Mr. Holmes, de Bill Condom

 

Españolas (no he visto muchas, lo reconozco)

Mi querida España, de Mercedes Moncada

Nadie quiere la noche, de Isabel Coixet

La novia, de Paula Ortiz

El mundo sigue, de Fernando Fernán Gómez

 

Series

Un par de miniseries: Southcliffe y 37 days.

 

Internet

Hay millones de cosas, ya lo sabéis, pero este año he seguido bastante en youtube a Stefano Leone y sus montajes en la serie “Cinémathèque”:

 

Abrazos!!

 

David

45 miradas

Suelo acudir con un poco de mosqueo a aquellas películas que vienen precedidas por una potente campaña relacionada con la interpretación de sus protagonistas. No sé por qué sucede, pero da la sensación de que en ocasiones grandes interpretaciones ocultan películas mediocres o al menos olvidables. Revisando los premios de los últimos años, sin irse muy lejos en el tiempo, se puede jugar a recordar las películas por las que fueron galardonados actores y actrices de renombre, yo acabo de hacerlo y el resultado ha sido regular, tirando a malo (mala memoria aparte).

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“45 años” no es el caso, creo que será una película difícil de olvidar para el que la vea. La escena inicial ya es un golpe, un golpe suave, como todos los de esta sutil pero intensa película. Un paseo por el verde, pantanoso y brumoso condado de Norfolks, en Inglaterra, nos lleva a una preciosa casa donde vive un casi anciano pero elegante matrimonio a punto de celebrar su 45 aniversario. Una carta destinada al marido leída en voz alta no destapa la caja de los truenos, sino algo menos ruidoso y sin embargo mucho más impactante: aparece una sombra, minúscula al principio, pero de esas que que se sabe que van a crecer. Y crece.

Hay algo en esta película que la hace especialmente original, e incluso roza la sorpresa. Uno espera otro tipo de conflicto en un matrimonio de edad longeva, sin embargo no hay (casi) decadencia física, no hay demencias, no hay manías, no hay malos humores. Aquí se presenta una relación estable, tranquila y no especialmente aburrida entre dos personas razonables, cultas y con un sentido del humor inteligente e irónico. Sin embargo, el conflicto que se plantea es brutalmente atemporal en el ciclo de vida de cualquier pareja, sea de la edad que sea, y eso es lo que la hace en cierto modo una película aterradora. Creo que cualquiera podemos recordar exactamente aquel gesto, mirada, comentario o tono de voz que nos hizo pensar que a partir de ese justo momento nuestra relación cambiaba para mal, y que además iba a ser muy difícil de arreglar, algo pequeño que se descontrola y lleva al desastre. Esta película capta en un vaivén suave esas sensaciones, salpicando sabiamente algún momento más intenso como la escena en el desván con las diapositivas o la escena final en el baile. La agradable y sencilla casa con sus secretos, los canales de Norfolks, la coqueta ciudad, los amigos un poco pesados pero nobles y fieles, todo en esta película va añadiendo pequeños e importantes detalles, llevándonos en brazos hacia lo que reconocemos también como nuestro.

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A pesar de mi comentario en el párrafo inicial, es imposible no referirse a Charlotte Rampling y Tom Courtenay. Maravillosos. El punto de vista es de ella, por la narrativa de la propia historia y por su propia mirada, ¡cómo mira esta señora al infinito! El cine estará para siempre cojo si los contadores de historias se olvidan tantas veces de las actrices “maduras”. Esta película, entre otras muchas cosas, va por ellas también.

David Camacho

Las intenciones contra las expectativas

Un famoso y ya casi retirado escritor de libros de viajes se lanza a una última aventura: recorrer el sendero de los Apalaches, unos 3.500 km. de dura caminata en el noreste americano. Para no hacerlo solo y sobre todo para conseguir la aprobación de su esposa, nuestro protagonista sondea a su grupo de amigos hasta encontrar a uno que acepta a acompañarle, una viejo amigo-enemigo socio de viajes y parrandas de juventud. Este es el arranque de “Un paseo por el bosque”, la historia de dos setentones en su (pen)último intento de rememorar glorias pasadas y recuperar una amistad semiolvidada. En definitiva, una clásica road-buddy-movie (si se me permite el término encadenado).

 

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Si tuviéramos que valorar esta película en cuanto a las intenciones (o las intenciones que se intuyen) no hay nada que objetar. No creo que ninguno de los involucrados haya pretendido hacer más de lo que se ha hecho. Se busca un público prenavideño de risa fácil y no muy exigente para hacerle pasar un rato entretenido. Por lo que observé en la sala ese objetivo se ha cumplido.

Mis expectativas eran mayores. Robert Redford como productor en una historia situada en un entorno natural prometía bastante más. Es bien conocida su afición y defensa de la naturaleza, como actor, director y fundador de un afamado festival. Así que desde este punto de vista queda desaprovechado el entorno, no percibí ni la espectacularidad ni las posibilidades de un camino como el de los Apalaches. También creo que se podría haber utilizado la profesión del protagonista y el saturadísimo mundo de las guías de viaje, plataformas, agencias, etc. para haber jugado con ello y hacer autocrítica, pues tampoco. En cuanto a la historia de fondo, la relación de amistad recuperada, se estropea por la poca química entre la pareja protagonista, Redford está correcto con su eterno aire galanesco y un poco displicente, pero Nolte no me convence nada en su papel cómico (¿y si hubiera estado vivo Newman?). La casi inexistencia de secundarios con un cierto peso termina por descompensar el reparto. En definitiva, La película se limita a repetir gags muchas veces vistos y sólo algunos chistes se salvan.

La mente siempre hace malas pasadas y conexiones extrañas, y durante la proyección no pude evitar acordarme de una de mis películas favoritas de siempre, Las aventuras de Jeremiah Johnson, diciéndome que la tripleta Redford-Escapada-Montaña funciona, y que siendo ésta una película totalmente distinta a la del buen Jeremiah ha sido una oportunidad perdida para haber intentado algo más, o una pequeña autoparodia, algún guiño al menos.

El espectador puede salir más bien indiferente de este paseo por el bosque, pero el que sin duda será gran perjudicado es el sendero de los Apalaches ante la segura afluencia masiva de mochileros “decathlonianos” en penitencia, redención o autoconocimiento. O todas esas cosas juntas.

David Camacho

Snaefellsjökull

El verano pasado tuve la gran suerte de viajar a Islandia. El penúltimo día decidimos subir al volcán Snaefellsjökull, el que Julio Verne imaginó como entrada a su “Viaje al centro de la Tierra”. El día amaneció despejado, fresco y con ligero viento, tomamos un 4×4 para acercarnos al comienzo del camino de subida. Media hora después estábamos en mitad de un vendaval que nos hizo literalmente arrastrarnos por el suelo para poder volver al coche. Esa misma noche vimos la aurora boreal en una calma total. Entonces entendimos perfectamente el significado del dicho islandés: “si no te gusta el clima de Islandia no te preocupes, espera cinco minutos y tendrás otro”.

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En el clímax de “Rams” sucede algo similar, la gran tormenta llega después de décadas de falsa calma en una escena bellísima que remata esta estupenda película. Dos hermanos, vecinos y enfrentados, sin que ellos mismos recuerden muy bien el motivo, tienen que unirse para afrontar lo que podría ser el fin de la única vida que han conocido. Barbudos de pocas palabras y mucha socarronería, unidos como uña y carne a la tierra, a sus animales y a sus costumbres ancestrales. Es algo que la película consigue transmitir, la atracción de la tierra como una de las claves, para bien y para mal, de la condición humana. Islandia es un país de naturaleza espectacular y puedes entender que quien ha nacido allí, en mitad de un valle, generación tras generación, tenga desarrolladas unas profundas raíces que están mucho más allá de países, frontera o himnos. Es algo individual, no colectivo. En esta historia el valle atrapa y envuelve a los personajes en una maravillosa luz viscosa, las personas son parte del entorno igual o más que el primero de los pedruscos volcánicos. Huele a establo, a barro y a guiso de cordero. Pero cuidado, ninguna rencilla humana está por encima de la naturaleza, que nos pone en nuestro lugar ya sea en forma de virus o de tempestad. El otro día escuchaba en la radio una declaración del papa Francisco: “Dios perdona siempre, el hombre algunas veces, la naturaleza nunca”, nada que objetar al respecto.

En medio de esa vorágine de grandes temas hay lugar para el humor. Antes de viajar a Islandia alguien me advirtió que los islandeses son gente muy especial, con un fuerte sentido de la ironía y del sarcasmo, y aunque en 15 días no da tiempo a conocer a alguien en profundidad sí que lo percibes en las miradas de quien te cruzas o en los comentarios de las personas con quien te relacionas puntualmente. Un humor difícil de captar en esta sociedad entontecida con lo políticamente correcto, me caen bien los islandeses. La escena de la visita al hospital es el ejemplo perfecto de un sentido del humor que va más allá de lo negro, en la sala de cine donde vi la película se percibían una especie risas extrañas que parecían querer decir: “¿pero hay que reírse de ésto?”. Es otro punto a favor de esta película tan local y a la vez tan universal, que en su aparente y falsa simpleza sorprende por su complejidad, enlazando así con algunos de los grandes maestros americanos como Ford o Hawks.

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No creo que “Rams” sea una película de moralejas que se resuman en una sola frase, más bien deja puertas abiertas a la reflexión. Pero es casi inevitable pensar que aunque las ovejas tenga fama de animales tontos, en ningún caso llegan al nivel de la estupidez humana.

David Camacho

Los muertos no están vivos

Introducción.

No soy seguidor de la serie de 007. He visto muchas de las películas pero estoy lejos de haber visto todas, no sé ni cuantas hay. Cada vez que se estrena una nueva me cansa que comiencen las comparaciones entre diferentes James Bond y distintas chicas Bond, sobre si ha cambiado de coche, sobre la nueva Moneypenny o el antiguo M. ¿El Martini con vodka era mezclado pero no agitado, o al revés? Por mi como si se bebe un calimocho, me da lo mismo. Me propongo olvidarme de todas esas cosas y jugar un poco, centrarme solamente en “Spectre”, haciendo el ejercicio de imaginar que no hubiera existido ninguna película de James Bond, como si “Spectre” fuera la primera y única. A ver qué tal sale.

 

Antes de la película.

El cartel no me gusta. No debería ir a ver una película anunciada por un tío con cara de malote, mirada de perdonavidas, pistolón en ristre y smoking blanco con clavel en el ojal. Y para colmo, de fondo un esqueleto con sombrero. No me dice nada.

 

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Comienza la película y ni rastro de los títulos de crédito. A mi me gusta que las películas comiencen con sus títulos de crédito, y que además estén bien trabajados. Pero aquí nada, ni rastro. Un momento. Después de lo que parece haber sido una escena de introducción sí que aparecen los títulos de crédito, y además están currados, la canción es muy cursi, pero me han gustado las escenas iniciales: un largo plano-secuencia (la moda es la moda) nos lleva al interior de la celebración del día de los muertos en México D.F., hay ritmo, acción espectacular y algún toque de humor. Me relajo.

 

Después de la película.

Tras las prometedoras imágenes iniciales, la película transcurre enlazando una larga serie de escenas encadenadas en espectaculares escenarios a lo largo y ancho del Mundo. Peleas, persecuciones, tiroteos, flirteos amorosos y una trama que se divide en dos de forma paralela: la primera trata de la caza de un malvado con aspiraciones de dominador del mundo, y la segunda sobre la indagación en el pasado de James Bond. La primera es una trama simple, mil veces tratada, con todos los tópicos habidos y por haber. La segunda también debería ser simple, pero no sé por qué motivo se vuelve confusa. No quiero desvelar nada, pero yo salí del cine dándole vueltas a la cabeza sobre quién era hermano de quién, pensando en mi interpretación de aquella fotografía rota, quizás me despisté en algún momento por mirar en exceso a Léa Seydoux, pero aún así creo que es una historia artificialmente complicada.

 

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La única explicación que le encuentro a lo anterior es la necesidad de cuadrar un estilo oscuro, ocre y en ocasiones tenebroso, con una historia que también esté a ese nivel. Creo que por haber forzado ese encaje se han estropeado ambas cosas, la forma me gusta, pero no parece la adecuada para la historia. Me parece que desde ese punto de vista funcionan mejor algunos de los filmes de Misión Imposible y sobre todo, la serie de Jason Bourne. Tampoco me parece que el personaje de James Bond esté convenientemente dibujado, su falta de empatía y extrema frialdad traspasa la pantalla, haciendo que me sintiera a años luz de sus motivaciones y decisiones. Aquí vuelvo a la historia, en ella hay una permanente puerta abierta a la redención del personaje, pero él la pasa de largo una y otra vez sin razón convincente.

Lo vintage está de actualidad, pero me parece que el intento de traer al siglo XXI al espía machote del pasado, y además pretender que nos lo tomemos en serio, no ha resultado lograda.

 

Vuelta a la introducción.

Ya he dicho que no soy fan de la saga, pero soy cinéfilo (palabra que Berlanga utilizaba maravillosamente como insulto: “¡tú lo que eres es un cinéfilo!!), así que este verano no me pude resistir a visitar la lujosa exposición de la serie de James Bond que por su 50 aniversario se presentó en la plaza de Colón. La exhibición se agrupaba en temáticas: malvados, gadgets y tecnología, Ian Fleming, música, vestuario, etc. Una maravilla. Pero un pequeño chasco, no había apartado monográfico dedicado a las chicas Bond…

Marcianadas

Si intentamos recordar “Alien, el octavo pasajero”, ¿qué es lo primero que se nos viene a la cabeza? (escena de bicho saliendo de barriga aparte, claro). ¿Quizás cómo consiguió Ripley abrir tal escotilla?, ¿o qué hizo para reactivar aquel sistema de transmisión?, ¿puede ser el cálculo del tiempo que le quedaba de oxígeno en un habitáculo? No sé el lector, pero yo no recuerdo nada de eso, mientras veo la película es posible que me detenga y entretenga con esos detalles, pero una vez que sales por la puerta del cine el poso que queda es de otro tipo, muy diferente. Lo que yo recuerdo de “Alien” es a Ripley, cómo era, y recuerdo al monstruo, cómo era. Y recuerdo la lucha de supervivencia entre las dos, donde lo más terrorífico era comprobar que no eran tan diferentes, aquel juego de admiración y destrucción, de fortalezas y debilidades que traspasaba la pantalla. Eso era “Alien”: perfiles, personalidades, matices, PERSONAJES.

En “The martian” se plantea una situación muy compleja, y ante ella los personajes reaccionan rápidamente de manera efectiva y eficiente, hay perfecto acuerdo ante decisiones transcendentales, las discusiones son muy educadas, los equipos funcionan como un reloj y los personajes son perfectos en sus valores, conocimientos y responsabilidades, que durante el transcurso de la película cuesta creer que vaya a salir algo mal. Es como un curso de dos horas para ejecutivos robotizados. En otras películas del género aventuras-supervivencia hay veces que lo que molesta son las resoluciones a difíciles situaciones de forma poco creíble, inverosímil, en esta película lo que molesta son los propios personajes: es que no son humanos, SON MARCIANOS.

Hace unos años asistí a una conferencia de una famosa abogada y psicóloga especialista en temas laborales. Contó cómo estaba demostrado estadísticamente que si una persona era despedida un viernes y no comenzaba a buscar empleo a partir del lunes siguiente, esa persona era candidata a ser parado de larga duración por el efecto psicológico que supone el retraso en volver a activarse. El protagonista debió asistir a aquella charla también, ya que se toma a rajatabla el aviso y desde el mismo momento en que es consciente de su delicada situación se pone manos a la obra sin desfallecer. Desde ese momento asistimos a lecciones de botánica, electrónica, aeronáutica, química, informática y mecánica, que seguro serán carnaza para artículos del tipo “Los fallos de “The martian” al descubierto por el astronauta Fulano”. Y quizás estos momentos son los que mejor funciona de la película, ya que hay pocas cosas  tan cinematográficas como observar a alguien realizando un oficio, pequeñas historias con presentación-nudo-desenlace con la tensión añadida de si el trabajo saldrá bien o no (de ahí el éxito de los programas de cocina).

Tampoco es muy creíble lo que sucede en la Tierra, donde la opinión pública y la prensa se presentan como grupejos de gente enfervorizada que grita, ríe y llora siguiendo las andanzas de los astronautas por pantallas gigantes en las plazas del pueblo, cerrándose así el círculo de una sociedad artificialmente idealizada desde Marte hasta Cabo Cañaveral (cuantas veces hemos visto esos aplausos y vítores en los centros de control espaciales, ufff, ya cansa).

 martian

Matt Damon es lo mejor de la película, redimiéndose como astronauta (recordemos aquellas escenas tan raras de Interstellar). Y no lo tenía fácil porque su personaje ejecuta muchas acciones pero casi no evidencia emociones, algún golpe de humor lo humaniza de vez en cuando, y emociona en aquella escena donde su suerte ya no depende sólo de él. Por otro lado, a mi me empieza a cansar que la Chastain esté tan desaprovechada en esa especie de protagonismo que no es tal, como al que le falta un empujón para ponerse en primera fila, corre el riesgo de agotar por multipresencia cuantitativa pero no cualitativa. Los Daniels, Bean, Ejiofor, etc., actores de peso en otras ocasiones aquí están más bien blanditos.

En fin, no me extraña que uno de los sueños del ser humano sea llegar y colonizar Marte, porque allí es todo taaaaaan perfecto…

(Ah, desde que vi la película odio las patatas).