Cuéntame un cuento

(Crítica de El cuento de los cuentos)

 

Formuladas, vistas, leídas y asumidas las teorías psicoanalíticas de Jung y las de Bettelheim, las maneras Disney y de otras animaciones, las fantasías gráficas y escenográficas de siempre, las actuales imágenes de síntesis, las adaptaciones y subversiones por vía de textos y subtextos desde la modernidad y desde sus post y sus ismos, ¿cuáles teclas habría que tocar ahora, a inicios del siglo XXI, para abordar una relectura de los cuentos populares de hadas? El largometraje El cuento de los cuentos funciona como respuesta ante una pregunta tal. Una respuesta que da Matteo Garrone, director de películas tan distintas a esta última (L’imbalsamatore, Gomorra, Reality), guardándose para sí mismo, sin embargo, las claves, hurtándoselas el espectador. La defensa de Garrone durante el estreno en Cannes 2015 apuntaba hacia esa dirección, cuando declaraba ante el escaso entusiasmo suscitado: “Es una película que descoloca. Soy consciente que al principio no sabes cómo relacionarte con ella. Se necesita tiempo para metabolizarla. Cuanto más te abandones de primeras, más fácilmente te emocionarás. Cuanto más te pongas rígido, te sentirás muy ajeno, fuera”.

La elección tan poco obvia de una fuente como el Pentamerón, la obra donde el cortesano Gaimbattista Basile (1566-1632) recopilaba las fábulas que se contaban en la región de Nápoles, parece casi solo un pretexto para aparentar diferencia y nunca un interés sincero por explorar las páginas, trasteando dentro, y rescatar su singularidad. Lo fabuloso del libro aparece, y lo grotesco también, como sería esperable, pero Garrone se limita a extraer muy libremente tres líneas argumentales, a entrelazarlas sin reflejar apenas la viveza, el gusto por el juego que anima a los textos.

El tesauro de Basile era un artefacto lingüístico barroco, escrito en lengua napolitana, plebeyo y a la vez culto, que recogía lo popular mediante una extraña ampulosidad. Poco de ese culteranismo anima la conversión fílmica, que no acaba de definirse a sí misma mientras transcurre. Descartado el barroquismo, su forma tampoco es particularmente esencial ni realista, folclórica, abstracta, clásica, atrevida, celebratoria, arqueológica, circense, abstracta, discursiva, solemne, seductora o divertida. El cuento de los cuentos no es particularmente nada, si acaso una película fría y con desconcertante sentido de la pasividad. El afán por separarse de cualquier referencia la conduce a un lugar remoto.

Sin duda, el autor sabe situarse en el aquí y ahora: a las princesas ya no las salvan los príncipes, tal y como sucede en el original del cuento La pulga, sino que dependen de su propia pericia a la hora de matar al monstruo.  Y no se puede negar que Garrone cuida el imaginario fantástico y posee intencionalidad, proyectando el análisis bajo perspectivas de la psicología (la hermosura y la edad a partir de La vieja desollada, la identidad con los hermanos que protagonizan La cierva encantada, etc.). Pero aun así, ¿por qué la respuesta a la gran pregunta planteada arriba no se entiende o, peor, tan solo la entiende un Garrone que vendía motos y metabolizaciones en Cannes? ¿Dónde reside el problema? En la completa ausencia de ese algo tan simple que nos suscitan los cuentos de hadas al sentarnos y escucharlos: la sensación de maravilla.

 

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Batman v Superman – El Amanecer de la Justicia o El Cómic vs. la Adaptación Cinematográfica

96b7c656eecc141e10b773c61952d610-650-80Empieza la película con toda su secuencia de créditos correspondiente, “como Dios manda”, y ya nos damos cuenta que Christopher Nolan no pinta mucho en esta entrega del hombre de acero, ya que no está involucrado en su historia como en la cinta anterior, optando únicamente por la producción ejecutiva.  Sus créditos iniciales son tan solo un pretexto para contar la más que conocida historia de la muerte de los padres de Bruce Wayne, la cual se utiliza de hilo conductor a los eventos que ocurren al desenlace de la cinta.

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Esta entrega introduce a un Batman con características detectivescas, como aquel caballero oscuro de la serie animada de principios de los noventa; mientras que Superman es representado, con mucha más fuerza que en los cómics, como una especie de Jesús alienígena.

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Para los muy exigentes con las adaptaciones de cómics la película los hará arrancarse unos cuantos pelos de la cabeza; empezando por el origen de “Doomsday” que plantea la película, que difiere mucho a la del cómic, al mostrarnos a un Doomsday creado a través de la mezcla de ADN de Lex Luthor y el fallecido GeneraL Zod.

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El que Superman “muera al final” es un tanto absurdo, ya que sabemos que saldrá en la siguiente película, “La Liga de la Justicia Parte 1”.  Esta muerte momentánea y sin sentido nos arrebata el impacto de la muerte del superhéroe y hubiera podido ser aprovechada para una película dedicada netamente a su resurrección, dando cabida a las apariciones de Steel, The Man of Tomorrow, Superboy y The Last Son of Krypton, personajes creados por DC a raíz de la resurrección de Superman en los cómics.

Por último, el personaje de Lois Lane pareciera que está introducido en toda la cinta a la fuerza, sin saber que función darle, como aquella investigación al comienzo de la película que no lleva a ningún lado.  Este y otros espacios en blanco que dejan interrogantes como por qué del deseo de Lex Luthor por sembrar la discordia entre los dos superhéroes y la posesión de los archivos de los demás futuros integrantes de la Liga de la Justicia, son los hoyos que deja esta última entrega para cine de DC.

 

Galo Carchi Andía ©