Desde la perplejidad

paulina

Paulina (La Patota) de Santiago Mitre

Paulina se inicia con una discusión, con un debate entre padre e hija, que nos anticipa el cuestionamiento radical que estructura la película. Aquí todo va a debatirse, hasta lo aparentemente más indiscutible. Conducidos por un envolvente plano secuencia, asistimos a la respetuosa pero tensa conversación entre el padre, un juez que quiere que su hija siga su misma carrera, la que aparentemente él ha trazado para ella, y la hija, que defiende el derecho a elegir su propio camino, sin duda más incierto y arriesgado, yéndose a dar clase a una degradada zona rural. Paulina, interpretada magníficamente por Dolores Fonzi, quiere, dicho en español argentino, “poner el cuerpo”, poner toda la carne en el asador, y en el curso del filme veremos que así será, hasta las últimas consecuencias.

Paulina, que parte de La Patota, película argentina de 1960, dirigida por Daniel Tenayre, se ve desde la perplejidad, porque ese es el sentimiento que no tarda en suscitarnos la trágica historia de su protagonista y, sobre todo, su forma de afrontarla, siempre inesperada, a contracorriente. La peripecia de Paulina se produce en un entorno hostil, y no sólo por la agresión que sufre a manos de una pandilla, sino por su propia y poco convencional reacción ante la misma, que la aleja de su propio medio y también de aquellos a los que precisamente pretendía ayudar.

La voluntad de hacer cine «político» es evidente en Mitre. Lo era en El estudiante (que dirigió y escribió) y lo es aquí, pero lo que en esa película de 2011 parecía una denuncia clara del arribismo sin escrúpulos de un cachorro del nuevo peronismo, aquí se torna en un retrato ambiguo de una mujer dispuesta a todo por ser coherente con sus posturas, por extremas e incomprensibles que le resulten a su entorno (y, en algunos casos, también al espectador). Asistimos al combate entre el idealismo y el pragmatismo, pero también a la pugna entre un cierto dogmatismo y una cierta flexibilidad. Paulina quiere, a toda costa, ser fiel a sus ideales y aceptar, con una especie de resignación impropia de su fuerte carácter, los embates del destino. Nuestro sistema es injusto, afirma Paulina y ella, se podría añadir, no está dispuesta a aprovecharse de los recursos que le otorga su clase social para zafarse de las consecuencias de esa injusticia.

En la versión primigenia de La Patota [pandilla de malhechores, en lunfardo], de 1960, Tenayre retrataba a una Paulina igualmente imbuida del deseo de defender la justicia, pero desde una acendrada religiosidad, que en cierto modo servía para justificar mejor, desde la óptica de la resignación cristiana, el perdón a sus agresores y la reivindicación de su propio sufrimiento como algo impuesto por Dios. La Paulina interpretada por Fonzi no evidencia esas creencias religiosas, sino que más bien fundamenta sus reacciones en una concepción reivindicativa y política de la justicia muy particular, aunque su deseo de sacrificarse, de inmolarse, permita entrever una pasión casi religiosa. Sin ese componente y sin el contexto, mucho más condicionante para la mujer, de los primeros años 60 en la Argentina (que nos recuerda al de Calle Mayor de Bardem), las decisiones extremas de la protagonista nos resultan ahora todavía menos entendibles. Más allá de la necesidad de mantener su propia coherencia que tiene Paulina y que seguramente no puede medirse en términos de “utilidad”, ¿de qué sirve que acepte sufrir en carne propia lo que otras mujeres sojuzgadas de clase inferior? ¿De qué sirve añadir su nombre al de otras víctimas? Quizá, a la propia Paulina ultrajada le sirva para entender mejor lo que otras mujeres ajenas a su clase sienten, pero, desde la perspectiva de la eficacia de la lucha política, la que ella parece reivindicar con sus hechos y su discurso («Cuando hay pobres de por medio, la policía no busca la verdad: busca culpables», dice), es una inmolación que se nos antoja estéril. Se podría decir que, al verse atacada como lo son constantemente las mujeres de clase baja, ella opta por conformarse aún más que ellas, por ser más víctima que ellas, rechazando la concepción habitual de justicia en nuestras sociedades, aun a costa de la incomprensión de esas otras víctimas.

Este conflicto de múltiples ramificaciones, Mitre lo plantea sin juzgar a ninguno de sus personajes, ni siquiera a los más desagradables, otorgándoles la oportunidad de expresarse. A veces recurre a la repetición de secuencias (aquí está Rashomon de Kurosawa, que también nos hablaba de una violación), para ofrecernos puntos de vista alternativos. Porque ésta no es una película de tesis, sino, como ya hemos dicho, de provocación y debate, que nos aproxima a una realidad sórdida sin ofrecernos soluciones fáciles, porque no las hay, y que nos deja en un estado de perplejidad mientras observamos cómo Paulina, durante un último y prolongado travelling, camina hacia la cámara con una expresión difícil de descifrar. Esta nueva Paulina no es tan declaradamente «educativa» como la primera Patota, que finalizaba proclamando el deseo de incidir en la realidad, de contribuir a que no se volvieran a producir agresiones como ésas y que, de alguna forma, redimía a los agresores y “salvaba” a la propia Paulina de sí misma. Sin embargo, como la educación y los profesores que despiertan realmente los sentidos, la Paulina de Mitre asalta nuestras convicciones trilladas y se instala en nosotros como un cuerpo extraño que nos inocula la duda, renunciando a darnos lecciones. Ese es el hallazgo de la película: dejarnos servido un debate enrevesado y apasionado, que respeta tanto a sus personajes como al espectador, con un resultado que no deja de ser perturbador.

Jesús Cuéllar

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Un comentario en “Desde la perplejidad

  1. Hola, Jesús:

    Tanto tú como Florencias habéis hecho críticas muy consistentes de esta película, pero con los puntos de vsta enfrentados de una manera muy interesante. Si no te importa, comento los dos textos conjuntamente en el apartado de comentarios de la crítica de Florencia.

    un abrazo,

    jordi

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