Visita de Inés París

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Cuéntame un cuento

(Crítica de El cuento de los cuentos)

 

Formuladas, vistas, leídas y asumidas las teorías psicoanalíticas de Jung y las de Bettelheim, las maneras Disney y de otras animaciones, las fantasías gráficas y escenográficas de siempre, las actuales imágenes de síntesis, las adaptaciones y subversiones por vía de textos y subtextos desde la modernidad y desde sus post y sus ismos, ¿cuáles teclas habría que tocar ahora, a inicios del siglo XXI, para abordar una relectura de los cuentos populares de hadas? El largometraje El cuento de los cuentos funciona como respuesta ante una pregunta tal. Una respuesta que da Matteo Garrone, director de películas tan distintas a esta última (L’imbalsamatore, Gomorra, Reality), guardándose para sí mismo, sin embargo, las claves, hurtándoselas el espectador. La defensa de Garrone durante el estreno en Cannes 2015 apuntaba hacia esa dirección, cuando declaraba ante el escaso entusiasmo suscitado: “Es una película que descoloca. Soy consciente que al principio no sabes cómo relacionarte con ella. Se necesita tiempo para metabolizarla. Cuanto más te abandones de primeras, más fácilmente te emocionarás. Cuanto más te pongas rígido, te sentirás muy ajeno, fuera”.

La elección tan poco obvia de una fuente como el Pentamerón, la obra donde el cortesano Gaimbattista Basile (1566-1632) recopilaba las fábulas que se contaban en la región de Nápoles, parece casi solo un pretexto para aparentar diferencia y nunca un interés sincero por explorar las páginas, trasteando dentro, y rescatar su singularidad. Lo fabuloso del libro aparece, y lo grotesco también, como sería esperable, pero Garrone se limita a extraer muy libremente tres líneas argumentales, a entrelazarlas sin reflejar apenas la viveza, el gusto por el juego que anima a los textos.

El tesauro de Basile era un artefacto lingüístico barroco, escrito en lengua napolitana, plebeyo y a la vez culto, que recogía lo popular mediante una extraña ampulosidad. Poco de ese culteranismo anima la conversión fílmica, que no acaba de definirse a sí misma mientras transcurre. Descartado el barroquismo, su forma tampoco es particularmente esencial ni realista, folclórica, abstracta, clásica, atrevida, celebratoria, arqueológica, circense, abstracta, discursiva, solemne, seductora o divertida. El cuento de los cuentos no es particularmente nada, si acaso una película fría y con desconcertante sentido de la pasividad. El afán por separarse de cualquier referencia la conduce a un lugar remoto.

Sin duda, el autor sabe situarse en el aquí y ahora: a las princesas ya no las salvan los príncipes, tal y como sucede en el original del cuento La pulga, sino que dependen de su propia pericia a la hora de matar al monstruo.  Y no se puede negar que Garrone cuida el imaginario fantástico y posee intencionalidad, proyectando el análisis bajo perspectivas de la psicología (la hermosura y la edad a partir de La vieja desollada, la identidad con los hermanos que protagonizan La cierva encantada, etc.). Pero aun así, ¿por qué la respuesta a la gran pregunta planteada arriba no se entiende o, peor, tan solo la entiende un Garrone que vendía motos y metabolizaciones en Cannes? ¿Dónde reside el problema? En la completa ausencia de ese algo tan simple que nos suscitan los cuentos de hadas al sentarnos y escucharlos: la sensación de maravilla.

 

Batman v Superman – El Amanecer de la Justicia o El Cómic vs. la Adaptación Cinematográfica

96b7c656eecc141e10b773c61952d610-650-80Empieza la película con toda su secuencia de créditos correspondiente, “como Dios manda”, y ya nos damos cuenta que Christopher Nolan no pinta mucho en esta entrega del hombre de acero, ya que no está involucrado en su historia como en la cinta anterior, optando únicamente por la producción ejecutiva.  Sus créditos iniciales son tan solo un pretexto para contar la más que conocida historia de la muerte de los padres de Bruce Wayne, la cual se utiliza de hilo conductor a los eventos que ocurren al desenlace de la cinta.

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Esta entrega introduce a un Batman con características detectivescas, como aquel caballero oscuro de la serie animada de principios de los noventa; mientras que Superman es representado, con mucha más fuerza que en los cómics, como una especie de Jesús alienígena.

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Para los muy exigentes con las adaptaciones de cómics la película los hará arrancarse unos cuantos pelos de la cabeza; empezando por el origen de “Doomsday” que plantea la película, que difiere mucho a la del cómic, al mostrarnos a un Doomsday creado a través de la mezcla de ADN de Lex Luthor y el fallecido GeneraL Zod.

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El que Superman “muera al final” es un tanto absurdo, ya que sabemos que saldrá en la siguiente película, “La Liga de la Justicia Parte 1”.  Esta muerte momentánea y sin sentido nos arrebata el impacto de la muerte del superhéroe y hubiera podido ser aprovechada para una película dedicada netamente a su resurrección, dando cabida a las apariciones de Steel, The Man of Tomorrow, Superboy y The Last Son of Krypton, personajes creados por DC a raíz de la resurrección de Superman en los cómics.

Por último, el personaje de Lois Lane pareciera que está introducido en toda la cinta a la fuerza, sin saber que función darle, como aquella investigación al comienzo de la película que no lleva a ningún lado.  Este y otros espacios en blanco que dejan interrogantes como por qué del deseo de Lex Luthor por sembrar la discordia entre los dos superhéroes y la posesión de los archivos de los demás futuros integrantes de la Liga de la Justicia, son los hoyos que deja esta última entrega para cine de DC.

 

Galo Carchi Andía ©

Proceso en Bombay

(Crítica de Tribunal)

 

Desde puntos del planeta y cinematografías muy distantes, este año han llegado a nuestra cartelera dos cintas de juicios que comparten propósito y forma: tanto la francesa El juez, dirigida por Christian Vincent, como la india Tribunal, opera prima de Chaitanya Tamhane, pintan un fresco veraz de la justicia en sus respectivos países mediante funcionamientos afines, alejándose de las ficciones del género judicial. Es decir, las dos rehúyen los códigos que esperaría un espectador ante una de juicios. Son otra cosa. Ambas analizan al detalle la sustancia que compone la fase oral de un proceso, unos elementos como son el entorno donde tiene lugar, los actantes y las dinámicas de cotidianeidad en el contacto con las desgracias ajenas, hecho que obliga a los profesionales a graduar, según se sienta o según convenga, el blindaje emocional. Eso sí, coincidencias en las mecánicas aparte, difieren las finalidades: el relato europeo no cuestiona un aparato que más o menos funciona, mientras que el asiático deja a las claras y denuncia que el suyo directamente no lo hace.

Para su viaje a los tribunales de grado inferior en la ciudad de Bombay, Tamhane idea como objeto de estudio el caso de un cantautor acusado de subversión contra el equilibrio de la nación. La ridiculez de esta causa no puede ser mayor – una canción política como detonante del suicidio de un pocero que la escuchó -, y nuestro estupor crecerá cuando se vaya articulando la radiografía de un sistema lento hasta la exasperación, apenas garante para los derechos del acusado. La arbitrariedad y el absurdo se perpetúan día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Los protocolos, las jerarquías, los mandatos de orden interno, las leyes escritas dos siglos atrás…, un sinfín de circunstancias construyen el laberinto. Dentro deambulan el acusado, el juez, la fiscal y el abogado defensor, los cuatro vértices a examen elegidos por el director. Los tres últimos tienen vida más allá de la sala y salen a vivirla una vez terminan la jornada laboral o durante los interminables periodos entre sesiones. La cámara se plantará delante, recogerá esos momentos.

Emanación y reflejo, cualquier análisis de un sistema judicial puede extenderse hacia el país al cual pertenece. Tribunal dibuja una estampa incomodísima de la India, concretamente del estado de Maharashtra (capital Bombay, casi cien millones sus pobladores) y la cultura marathi. Si bien durante ciertos momentos intuirá el espectador occidental que se le escapan matices y referencias, el realizador consigue explicar contemplando la manera en que se mantienen las posiciones seculares de poder. Exacto, las castas y el fuerte clasismo siguen pautando allí el orden social. Tal vez sea esa inmovilidad lo que quiere trasmitir la gramática simple de Tamhane, una insistencia por el estatismo en cada plano, solamente roto, sin mayor significado, en dos o tres ocasiones. Entre tanta parquedad sobresale un rasgo que pasa a ser definitorio: el consciente aprovechamiento de un scope que recoge gran amplitud de espacio y elementos dentro – personas, casas, puntos de fuga y rincones de clausura, vacíos-, reclamando así que esta tragedia bufa, pesadilla de justicia injusta, concierne a la colectividad.

 

 

Algunos comentarios personales sobre Fantasia

Es posible que uno de los momentos más emocionantes para un espectador que asiste a un espectáculo artístico sea el empleado por una orquesta sinfónica antes de empezar un concierto, el momento del calentamiento. Los músicos van apareciendo en el escenario, toman sus instrumentos y comienzan a tocarlos. El desordenado y caótico bailoteo de sonidos de cuerdas, vientos y percusiones atrapa la atención del espectador, encamina su percepción, y abre nuevas puertas hacia sensaciones diferentes. El director aparece y se produce el silencio, todos le miran. Hay un saludo al público, palmas, más silencio, un gesto y comienza el concierto. Es un ritual conocido y repetido, pero nunca es idéntico al anterior o al que se produce en otra parte del mundo, porque depende de la experiencia personal de cada espectador. Es uno de los grandes momentos en cualquier arte.

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Fantasia comienza como cualquier concierto, con el calentamiento, y el poder hipnótico que produce es el mismo que si estuviéramos en el auditorio. Empleando un escenario donde sólo se distinguen los perfiles de músicos reales, no animados, el efecto es similar al que conseguía Lotte Reiniger y sus siluetas maravillosas. A partir de ahí comienza una película experimental y arriesgada, una interpretación sobre lo que significa la música de la mano de un grupo maravillosos de dibujantes, escritores, músicos, fotógrafos, técnicos, artistas y especialistas de diversas disciplinas, liderados por un visionario genial, Walt Disney. Según las propias palabras del conductor de la película, la intención es “crear una nueva forma de entretenimiento”, nada menos. Cualquier interpretación de de cualquier cosa es subjetiva, y si se trata de algo tan complejo como la música es imposible que nadie tenga la interpretación definitiva. En el caso de Fantasia seguro que tampoco lo es, pero ni mucho menos se trata de una interpretación más, ya que sin duda es esencial y referencial.

Hay que poner en contexto la película para apreciar aún más su valor. La producción se realizó durante los últimos años de la década de los 30 del siglo XX, y fue estrenada en 1940. La música popular se escapaba de las serias y elitistas salas de conciertos para entrar en las casas a través de la radio, incorporando nuevas formas, géneros y estilos, impulsando así a la industria musical hacia sus años de gloria. En esta situación, probablemente, Fantasia supuso un doble punto de inflexión: por un lado se trata uno de los grandes homenajes a la música clásica en toda su historia, pero al mismo tiempo supuso el canto del cisne de esta música “culta” como referencia principal en la cultura popular, barrida por el jazz, el blues, las big bands, los crooners, y los incipientes rock y pop. Ya lo avisan siempre los supersticiosos, no quieren homenajes en vida, por si acaso…

La primera pieza es un homenaje a la orquesta sinfónica y a sus músicos, con el acompañamiento de la Tocata y Fuga de J.S. Bach. Se divide en dos partes, una que prolonga la anteriormente mencionada visión de la orquesta como un conjunto de siluetas que se duplican, multiplican y superponen, usando complicadas técnicas fotográficas y ópticas innovadoras para la época, y origen de futuros avances en la animación (recomendación: buscar información sobre el mágico libro de Herman Schultheis). La segunda parte del segmento da entrada a la animación, usando imágenes conceptuales y abstractas de tierra, agua y cielo, también de los instrumentos musicales. Tonos pasteles, ondulaciones, reflejos y brillos, inducen a una interpretación libre de la música que escuchamos, sin dirigirnos hacia ningún sitio en concreto con la idea nada oculta de hacernos ver es más importante nuestra percepción que lo que se nos muestra. Creo que se trata de un ejercicio de humildad dentro de su ambición, dejando el protagonismo a la música.

El cuento de hadas, tema recurrente en la filmografía Disney, se representa con El cascanueces de Tchaikovsky. Brillantes animaciones de las hadas voladoras nos llevan a un mundo que se va iluminando a su paso, con momentos sublimes como el de la tela de araña o el final con las estructuras geométricas de copos de nieve. Todo el corte es un repaso a elementos de la naturaleza, con suaves transiciones entre cada uno de los números. Los dibujantes Disney se apropian de setas, flores, burbujas, hojas, semillas o peces para dotarles de capacidades y movimientos rítmicos, unos pueden ser divertidos (setas chinas), y otros más sensuales (peces o hadas). El episodio enlaza perfectamente con el primero, siendo como una evolución visual a lo que inicialmente sólo eran imágenes conceptuales, son haber en ninguno de los dos casos un hilo argumental definido, la protagonista sigue siendo sobre todo la música, que es la que hace vivir a los personajes.

El aprendiz de brujo, con la música de Dukas, puede ser la pieza que narrativamente sigue una estructura más convencional, y no deja de ser también un homenaje al cine mudo. De esta historia se extrae la icónica imagen de Mickey Mouse con el sombrero de brujo y escoba rebelde en ristre. En un castillo de atmósfera expresionista con iluminación tenue y sombras alargadas, Mickey vive una aventura al intentar emular a su maestro mago, la cosa se le va de las manos como era de esperar. Quizás porque esta pieza sea la más tradicional en el sentido narrativo y visual, y aunque se trata hoy día de un clásico, produce peor encaje en un conjunto más sugerente que concreto. Como curiosidad, al final se da otro de esos momentos clásicos Disney que siempre han producido gran impacto en el público, Mickey se acerca al director de orquesta Stokowski y le saluda, uniendo personaje real con personaje de animación en una misma escena.

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La consagración de la primavera de Stravinsky nos presenta al único compositor contemporáneo a la película. La relación entre Disney y el músico parece que en un principio fue cordial, incluso de entusiasmo por la colaboración y el resultado, para enfriarse en el transcurso de años posteriores si nos atenemos a declaraciones de Stravinsky. Este segmento nos lleva de nuevo al terreno de lo evocador. El narrador avisa de que no se trata de una pieza artística sino científica, intentado de manera ambiciosa reproducir el origen de la Tierra y de la vida, desde los cuerpos celestes hasta la desaparición de los dinosaurios. Las similitudes con episodios equivalentes en El árbol de la vida de Malick, o incluso con 2001: una odisea en el espacio de Kubrick, son muy evidentes, lo que demuestra que la influencia de esta película ha alcanzado y alcanza a artistas de generaciones posteriores. El episodio es denso y poco colorido, sigue una linea oscura probablemente intencionada para conseguir el objetivo de que el espectador se centre en cómo sucedieron las cosas, más que en la forma de representarlas. Personalmente me resultó el más aburrido, quizás por la comentada reiteración de episodios similares en películas posteriores, aún así hay que darle el gran valor de ser el pionero.

El descanso es digno de mención, ya que se hace un guiño al género que estaba a punto (si no lo había conseguido ya) de ocupar el lugar privilegiado de la música clásica como género de consumo masivo. Un contrabajista se relaja y a partir de una serie de acordes en solitario, se genera una improvisada y breve jam session entre varios de los miembros de la orquesta. Lo libre y lo divertido de la acción pronostica que algo está cambiando para que todo quede igual, siempre se va a tratar de la música, sea del género que sea. El descanso se completa con un momento didáctico de gran brillantez en el que se representa el comportamiento de una banda sonora mediante una sencilla línea con personalidad propia que vibra según el rango de frecuencias a la que es expuesta. Es casi imposible pensar en otra manera de mostrar algo tan complejo de una forma tan simple, en el mejor sentido de esa palabra.

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La película continúa con otro de los episodios que podríamos considerar “convencionales”, ya que se trata de un día en los alrededores del Monte Olimpo dominado por el dios Zeus. La sinfonía Pastoral de Beethoven acompaña a la historia. Personajes mitológicos que mezclan la representación de dibujos de un perfil y estilo más bien infantil (pequeños unicornios y faunos) con otros de rasgos y comportamientos más amorosos y sensuales (unicornios adultos). El bucólico y, esta vez sí, colorido día en el paraíso termina con el juego que el dios Zeus practica con sus despreocupadas criaturas, que sólo tienen que esconderse durante un rato para continuar con sus vidas. No se trata de un dios malvado, sino aburrido y perezoso, que entre siesta y siesta provoca desaguisados sin tragedias. Es posible que este episodio deje más bien indiferente al espectador, y en algún momento se sienta un poco despistado por los ramalazos más edulcorados de la película, que no dejan también de ser sello de la casa Disney.

En La danza de las horas de Ponchielli se retoma el reto de intentar dotar de características humanas a personajes animales. Muy divertidos los hipopótamos y los cocodrilos, no sólo en los números de baile sino en los gags que los acompañan, por momentos a velocidad de comedia loca, se llevan la mejor parte. Mientras que resultan más aburridos los avestruces y los elefantes, en un resultado global por ese motivo desigual. El personaje del hipopótamo bailarín resultó tan bien conseguido que también ha entrado a formar parte de la galería de imágenes memorables de esta película, y de la historia Disney en general. No sé si el episodio consigue del todo empastar con el tema musical, parece que pretende jugar con cada especie animal representando cada una de ellas un momento horario del día, no creo que se consiga del todo.

Mis recuerdos de Fantasia se remontan a hace más de 30 años y a un cine de Jaén, el Lis Palace, cine que ya no existe, claro. La imagen del diablo en la cima del Monte Pelado con la tenebrosa composición de Mussorgsky de fondo quedó en mi subconsciente y probablemente sea la causante a mi aversión a las películas de terror y a unas cuantas cosas más, quién sabe…El final de Fantasia no deja indiferente en absoluto, e incluye algunos de los pasajes más memorables de la película, como el ascenso y descenso de los espectros desde sus tumbas al monte para la celebración de un akelarre en danza macabra entre el fuego y la noche. Dibujos de fantasmas se proyectaron en complejos sistemas de espejos manipulados y distorsionados para conseguir el efecto deslizante de las ánimas en pena. La claridad del amanecer acaba con la fiesta negra, y la noche da paso a una procesión de seres indefinidos portando teas a través de un bosque catedralicio creado de manera maravillosa por superposición de varias capas de árboles a diferentes distancias, los reflejos en el agua rematan la evocadora e inolvidable imagen. El Ave María de Schubert nos traslada de nuevo a la luz del día, cerrando el círculo eterno día-noche, luz-tinieblas.

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Hay varios momentos en Fantasia donde me pregunto a quién va dirigida esta película, es una cuestión para la que no he encontrado respuesta, lo cual no quiere decir que me genere frustración. Fantasia es un riesgo, una aventura, con sus aciertos y sus probables desaciertos, con momentos brillantes y otros que lo son menos, hay ratos divertidos y otros un poco aburridos, los temas se mezclan, los estilos también, encuentras mensajes adultos con otros más infantiles, atmósferas luminosas con otras muy oscuras. Conceptos, símbolos, ideas y experimentos. Ambiciosa, pretenciosa y original. Fantasia no ha quedado anticuada porque tiene la gran cualidad de ser atemporal, lo que hace de ella una verdadera obra de arte y así forma parte del exclusivo grupo de los auténticos clásicos. Fantasia es una fiesta.

David Camacho.

La mujer como inicio del cambio.

“- Si no quieres ser la esposa de Osman, huye.

– ¿Huir a dónde?

– A Estambul, como todos los demás.

-Estamos a mil kilómetros de Estambul y no sé conducir”.

Mustang, Deniz Gamze Ergüeven. 2015

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Hay varios aspectos que destacan a priori sobre Mustang. Para empezar es sin duda una película de mujeres y sobre mujeres, lo cual, en si mismo, no es un aspecto muy habitual. De hecho, este fue el único trabajo nominado a mejor película (de habla no inglesa, en su caso) dirigido por una mujer en esta última y reivindicativa ceremonia de los Oscars. Otro elemento interesante es su condición de ópera prima de su directora, Deniz Gamze Ergüeven, de origen turco y nacionalizada francesa, quien ha tomado un aspecto de su vida personal como punto de arranque para el conflicto en el que nos sumerge la trama situada en un remoto pueblo de Turquía. Por último, llama la atención la retahíla de premios que la obra ha ido cosechando en diversos festivales desde su presentación en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes el año pasado, destacando en nuestro país los seis premios que ganó en la Seminci de Valladolid el pasado noviembre.

Desde el comienzo, la película plantea una oposición entre “dentro” y “fuera” de esa casa que se convertirá en escenario principal e instrumento vehicular para las peores consecuencias del conservadurismo y la autoridad patriarcal. Fuera está el colegio, los amigos, el amor y la diversión; mientras que dentro, al ser juzgadas y vigiladas por aquellos y en especial, e irónicamente, por aquellas que se identifican como salvaguardas de la virtud, el espacio se transforma, cada vez con más muros y barrotes, en una verdadera cárcel de colores neutros, tareas del hogar y absoluto aburrimiento. La libertad que se encuentra “fuera” está juguetonamente plasmada en las primeras escenas de planos abiertos con el grupo de jóvenes y el mar como protagonistas y también se intenta reflejar, aunque con mayor afectación, en las escenas del partido de futbol en Trabzon. En cambio, el ambiente opresivo de “dentro” se manifiesta con máxima brillantez en el momento, cargado de simbolismo, en el que la abuela abre una tras otra las ventanas del salón, todas enrejadas, sin encontrar desahogo a su sensación de asfixia.

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A pesar de que por momentos puede llegar a irritar la actitud de las protagonistas que parecen no tener impulso vital más allá del disfrute hedonista y de que la artificiosidad de las escenas que pasan todas juntas dentro de la casa restan verosimilitud a la historia, la película toma impulso en su tercio final y nos conduce hacia la idea no solo de la opresión de la mujer en un país democrático como Turquía, sino del cambio que las propias mujeres están consiguiendo y van a conseguir en sus vidas y en sus países. Porque, ante la disparidad de caracteres de las cinco hermanas, pronto sobresale entre ellas la personalidad de la pequeña, Lale, que se alza como la heroína y mientras el resto de las hermanas se resignan a su destino de una u otra manera, ella poco a poco se va decantando por la rebelión frente a la sumisión. Su voz en off sirve como elemento cohesionador que nos irá guiando a través de la historia dándonos pistas y valoraciones sobre los cambios que van sufriendo y sobre el futuro que les espera. Futuro en el que se mezcla la tragedia con la esperanza. Pues Lale va descubriendo los problemas a los que se enfrentan pero también busca, por sus propios medios, las soluciones. No ve impedimento alguno para reclamar su sitio, tal como hace con Yasin cuando le pide que la enseñe a conducir y le reprocha “¿no tengo derecho a estar ahí contigo?”. Y a partir de ese momento Lale, con su cabello al viento, elige cambiar su destino como los auténticos mustangs, los caballos salvajes que vagaban libres en las estepas estadounidenses y encarna la idea de que este cambio ha de partir de la mujer .

Mar Nolasco

“I am your father” (Toni Bestard y Marcos Cabotá, 2015)

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Es innegable que la trilogía inicial de “Star Wars” fue un fenómeno mundial de indudable éxito. Y no sólo por las importantes cifras de taquilla y por los cambios que introdujo en la industria del cine y del merchandaising, sino también por el hecho de entrar a formar parte de las películas más famosas de la historia del cine. Muchos de sus personajes y situaciones son ampliamente reconocidos, habiéndose convertido en un fenómeno cultural y popular.

Y entre todos esos personajes, el que quizás viene primero a nuestra mente es el malvado Darth Vader. ¿Quién no es capaz de identificar su figura? Probablemente sea el villano más famoso de la historia del cine. Decía Alfred Hitchcock: “The more successful the villain, the more successsful the picture” (“Cuanto más éxito tenga el villano, más éxito tendrá la película”).

“I am your father” es un documental que se centra en la figura de David Prowse, actor que dio vida a Darth Vader en la pantalla. Y en ese recorrido nos encontramos con algunas historias interesantes, como el rodaje de la mítica escena en que su personaje declara su paternidad a Luke Skywalker. Pero también descubrimos “el lado oscuro”: el conflicto que provoca un spoiler publicado en un periódico inglés poco antes del estreno de “El retorno del Jedi”, la sombra de intrusión que siente la mujer de David Prowse respecto a este fenómeno cinematográfico (“Darth Vader fue un intruso en nuestro matrimonio”) o la continua exclusión del actor de las convenciones oficiales de Star Wars por parte de la productora de George Lucas.

Y en ese “lado oscuro”, el documental considera una gran injusticia, y dedica gran parte de su metraje, al hecho de que se recurriese a otro actor para interpretar la única escena en que Darth Vader revela su rostro en la pantalla. Es cierto que para David Prowse, como lo sería para cualquier actor, supone una decepción, pero no debemos olvidar que el séptimo arte también es un negocio. Como reconoce uno de los productores de “Star Wars”, el actor británico fue elegido por su imponente presencia física (medía 2 metros de altura y era campeón de halterofilia) pero ni siquiera era su voz la que aparecía en pantalla. El excesivo peso que se da a este hecho, y la redención que plantean sus directores en este documental, puede suponer un lastre para parte del público, incluso para algunos fieles seguidores de la saga.

Juan G. Prado

LO NUNCA VISTO

El mundo nunca es un lugar extraño para un niño de cinco años. En el caso de Jack, el protagonista de La habitación, la Lampara, la Planta, el Lavabo del habitáculo en el que vive con su madre, son la única lámpara, la única planta y el único lavabo que hay en el universo. La Claraboya, que es la única claraboya también, es además toda la referencia que tiene el pequeño (y el espectador, durante buena parte de la película) sobre el exterior. Todo lo que ve (un trozo de cielo) constituye su mundo entero. Y se tumba a veces a contemplarlo, sin extrañeza, sin alcanzar a imaginar que el universo se extiende más allá de la Habitación. Porque nunca lo ha visto.La habitación

La película de Lenny Abrahamson adentra así al espectador, desde la inocente mirada de un niño, en la vida en cautiverio que éste ha llevado con su madre desde su nacimiento. Y rompe con ello el primer lugar común al que nos tiene acostumbrados el cine sobre secuestros: no es la desesperación, la rabia ni la angustia lo que nos lleva, en La habitación, a empatizar con los secuestrados, sino sus rutinas, su humanidad, incluso su alegría. Brie Larson y Jacob Tremblay construyen asombrosamente una delicada relación materno-filial, en un ambiente deliberadamente claustrofóbico y, aún así, con espacio para la ternura.

Basada en la novela de la irlandesa Emma Donoghue, que también se ha encargado del guión, La habitación está dividida en dos mitades visual y narrativamente diferenciadas: la oscuridad frente a la luz, lo sucio frente a lo limpio, los planos cortos frente a los generales, el pensamiento productivo frente a la angustia vital. Y mientras en la primera parte reinan, por derecho propio, Larson y Tremblay en sus papeles de madre e hijo, en la segunda, el director dibuja, con unos pocos trazos, a un puñado de personajes secundarios bastante convincentes en sus contradicciones, que aportan complejidad a la trama.

La habitación provoca similar desasosiego en el espectador que el que sufre el pequeño Jack cuando comienza a intuir la posibilidad de que haya un mundo más allá de esas cuatro paredes. Porque, en una película de secuestros, ¿hay vida más allá del cautiverio, cuando la supervivencia y la fórmula de escape dejan de ser el motor de la historia? Y, si la hay, ¿será de verdad mejor? ¿Colmará nuestras expectativas?

Afortunadamente, en este caso, las supera. Porque lo mejor de La habitación está en ese viaje que hacemos, entre curiosos y asustados, como el niño cegado por la luz del día, por la verdadera angustia que puede sobrevenir a lo que, en otra ocasión, habría sido el final feliz.

Anaís Berdié.

Mi crítica algo tardía de “Star Wars – The Force Awakens”

¿El Despertar de la Fuerza es tan solo mejor que el Episodio 1 o la espera alimenta a la expectativa?

La fuerza no despertó del todo en la última entrega de Star Wars, quizás por ser tan solo una introducción de la nueva trilogía.

J.J. Abrams puso todo el peso de la producción en el personaje de Harrison Ford, Han Solo, que quizás es lo mejor de esta película.  Han Solo, a pesar de su avanzada edad, aún conserva las características que tanto nos gustan del personaje, en especial su humor sarcástico, y que lograron opacar al mismo Luke Skywalker en toda la trilogía original.

Los nuevos personajes dan mucho que hablar debido a su escaso atractivo, personajes que resultan aburridos y nada interesantes, y que no aportan mucho al universo de Star Wars.

El villano, Kylo Ren, es una vergüenza para el imperio galáctico, un personaje mal construido de principio a fin y con problemas psicológicos que podrían ser atendidos por el psicólogo del colegio; un adolescente rebelde que se fue de casa y que para darle más importancia y gravedad al asunto, los guionistas optan por que termine asesinando a su padre, lo cual se convierte en un recurso desesperado por dotar de maldad al personaje (algo de lo que carecía hasta el momento).  En conclusión, Kylo Ren termina siendo como el hijo que la sombra de Darth Vader consumó con Jar Jar Binks.

Dejarle el protagonismo a Daisy Ridley no es una sabia decisión, ya que la belleza no es todo en la galaxia.  Tampoco es dárselo a un ex stormtrooper con dotes jedi de procedencia desconocida y que toma el mango del lightsaber como si fuera a realizar un home run, y que por poco acaba con Kylo Ren, que a pesar de no ser el mejor Sith de la galaxia, suponemos que posee algo de preparación.

En resumidas cuentas, la película nos deja unos excelentes efectos especiales (algo que no es nuevo en la saga), fotografía muy atractiva, la infaltable música de John Williams (que nunca está mal) y un vacío que se llena con la esperanza de que esta sea tan solo una introducción a una gran trilogía.

 

Galo Carchi Andía ©

Animación

La verdad no podría hablar sobre una película de animación en específico, pero a continuación detallaré algunas que recuerdo que me han gustado; la verdad son pocas las recientes que han sido de mi total agrado, así que la mayoría son algo viejas.

La primera película que recuerdo, que de hecho es la primera película que vi en mi vida, es Alicia en el país de las maravillas.  Esta es una película que la puedo ver hasta ahora y la disfruto, a pesar de ser infantil me es muy interesante aún, ya sea por su variedad de colores o su diversidad en cuanto al trazo de dibujo de cada personaje.

Yellow Submarine es otra película a la que le tengo mucho aprecio, ya que disfruto de como realizaron una animación que va muy acorde a las canciones de los Beatles, con una precisión audaz al momento de empatar cada nota con el movimiento de las imágenes.

El Gigante de Hierro, la ópera prima de Brad Bird, me gusta por su estética clásica de película de ficción de los 50s.

Dentro del anime, disfruté mucho de “Perfect Blue” por su complejo contenido sicológico y de “El Viaje de Chihiro” por su animación sumamente estilizada y por sus personajes sicodélicos y transformistas.

Coraline es una de las únicas películas en las que se le saca provecho al a veces innecesario 3D, convirtiéndolo en parte indispensable y protagónica de la cinta.  A mi parecer, quizás una de las mejores películas de animación stop motion.

De “Pixar” resalto “Toy Story” por ser la película que revolucionó la animación por computadora y por ser la primera película animada infantil con elementos de “suspenso” por así decirlo y con personajes envueltos en situaciones más complejas que las habituales que se habían recreado hasta entonces.  Toy Story 2 igualó a la primera y la tercera dejó mucho que desear al no contar con un guión original como sus predecesoras.

Luego destaco las dos películas de Brad Bird “Los Increíbles” y “Ratatouille”.  Los Increíbles posee unas secuencias de acción que yo nunca había visto en una película infantil mezcladas con los elementos de suspense que contaban las de Toy Story.  Definitivamente la película más real, dentro de los límites, que Pixar había concebido hasta el momento.  A Ratatouille la considero como la primera película animada del estudio, que al igual que “Los Increíbles” cuentan con una partitura estudenda de Michael Giacchino.

Otras que he disfrutado mucho y que me son muy nostálgicas son las de Fantasía y Rover Dangerfield.  De Fantasía 2000 destaco el primer segmento por su estilo de animación clásico del Disney de los 60s.

Dentro de la televisión, puedo citar cortos como “Cars of Tomorrow” de Tex Avery.  Este corto muy original a manera de comercial publicitario, parodia los comerciales de la época con un humor que no neutral y algo adulto que no pasa de moda.  Otro corto animado del que no puedo prescindir es “Wholly Smoke” de Porky.  Este corto en blanco y negro y luego dotado de color, muestra una alucinación de Porky producida por fumar un cigarro que le ofrece un bravucón del barrio.  A mi parecer este es un corto animado muy adelantado a su época, prediciendo la época del arte sicodélico y películas como “Yellow Submarine”.  El corto me gusta por la imaginativa de los animadores al humanizar los productos de una tienda de tabacos.

 

Galo Carchi Andía ©